El 'padrecito', como todos le llaman allí, ha conseguido aprender el quechua, la lengua indígena, con la que se comunica en las numerosas comunidades de la selva y en la que, por ejemplo, «la gente mayor se confiesa».
«Cuando llegas es todo muy chocante, vas pensando que lo válido es lo que hay en tu tierra, pero debes empezar a observar y a escuchar», recuerda. «Al principio, en la zona de los colonos, siempre estaba haciendo comparaciones a cuando yo era pequeñito, en plena posguerra, y se vivía con bastante penuria en el mundo rural», apunta.
Sobre los indígenas (a los que llega tras una hora de avión con el Ejército), reconoce que «nunca había visto nada parecido». Sin embargo, «te admiten con una acogida sensacional, para ellos eres el representante de los Supremos, a pesar de que tienen un concepto de la religión muy diferente al nuestro, con sus ancestros, sus mitos...», reconoce.
Y es que la vida es muy diferente en la Amazonía ecuatoriana y en España. Como explica el misionero, «cuentan con un sentido de comunidad muy grande, mantienen las mingas (lo que aquí se conoce como vereda) para hacer sus chacras (huertas) y luego plantar la yuca».
Las tradiciones y ritos también son un punto de inflexión. «El padrinazgo es un acto social. Ser 'compadre' o 'comadre' hace que pases a formar parte de la familia, significa más que ser hermano», indica.
Aunque las realidades y las necesidades de estas dos culturas difieren mucho, Jesús García, ve como «se impresionan con las cosas que llegan de los países más modernos». Además, protesta porque «se les están metiendo los inventos del progreso a través de proyectos de España, equipando las 'escuelitas' de computadoras, pero la mayoría no sabe leer y escribir y luego se les acaba la tinta de la impresora y piensan que se les ha roto».
Junto a la ayuda diaria, la misión diocesana de Shell-Mera ha creado un consejo parroquial, ofrece material escolar cada año y, durante el curso pasado, preparó quince gallineros que han permitido dar de comer a los niños de quince colegios.
Alegrías y sufrimientos
A menudo, el grupo de misioneros, se enfrenta a situaciones de sufrimiento como cuenta Jesús: «Nos toca ver a bebitos deshidratados, a punto de morir, porque igual su mamá les ha dado plátano rallado en la tetina, y tenemos que llevarlos al hospital».
También los problemas les afectan a ellos. «La Nochebuena pasada, Javier que acababa de llegar, se quedó en una comunidad de la selva y no pudo salir hasta el día siguiente, así que yo me comí un 'bocadillito solito' y me fui a dormir». Pero esto son cosas secundarias, porque «resulta realmente gratificante y ellos te lo agradecen con una sonrisa, un gesto o regalandote una papaya», por ello, merece la pena repetir.