Tras exasperantes dimes y diretes entre gobierno municipal y oposición sobre la adjudicación -a dedo o no- de las susodichas plazas, causa perplejidad -por no decir hilaridad o, si me apuran, hastío- la explicación ofrecida por el Ayuntamiento y con la que, barrunto, pretendía cerrar esta polémica: «Todos los solicitantes que cumplen los requisitos -un total de 1.073- obtendrán uno de los 1.180 garajes».
O sea que tenemos la ciudad patas arriba -y lo que te rondaré, morena- para construir unas plazas de garaje que, aseguraban los munícipes, eran tan perentorias como solicitadísimas, y ahora ellos mismos reconocen sin ambages que existe más oferta que demanda ¿Y se quedan tan anchos! Es como si los pájaros dispararan a las escopetas.
Que si la Gran Vía por aquí, que si las incomodidades por allá, que si la seguridad está garantizada por acullá. Pero... ¿Y qué pasa con la futura urbanización? ¿Cómo va a quedar la calle en superficie? ¿Hay previstos monumentos, fuentes o parterres? ¿De qué manera va a quedar regulado el tráfico? ¿Y las zonas para peatones?
Poco se sabe.
La hecatombe de la Gran Vía, el anunciado derribo del Servicio Doméstico (RIP), el recubrimiento -parece que momentáneo- de las excavaciones de Valbuena... Todas estas actuaciones -tan controvertidas como dudosamente beneficiosas para el ciudadano de a pie- tienen al garaje como ídolo de barro -de cemento habría que decir-. Esos mismos garajes que, según el propio Ayuntamiento, siguen a la espera de comprador.