No los entiendo. A los políticos, quiero decir. Tras algunos lustros de cercana convivencia con una amplia nómina de ejemplares de los de su especie, claudico, me rindo y desisto de intentar comprenderlos. En su Adn se esconde algún gen que los hace, cuando menos, singulares. Un gen que, las más de las veces, emponzoña cualquier atisbo de la lógica natural que impregna habitualmente las acciones, decisiones y reacciones del común de los mortales.
Ya no es que a uno le sorprenda ver al jefe de la oposición de Galicia, manguerilla en mano, jugando a ser bombero vestido de pijo a ultranza: camisita oxford, vaquero cuidadosamente pasado por la piedra y náuticos del color del chocolate. Es que le alucina que el inefable ex alcalde de Benidorm, por nombre Zaplana, o hasta el mismísimo y mayorcísimo Fraga aprovechen para tratar de arrimar las ascuas -y nunca mejor dicho- a su sardina aunque para ello tengan que llegar a afirmar que «con gobiernos bipartitos o tripartitos, se producen más fuegos» (Fraga dixit). Acojonante la imbecilidad mientras los montes gallegos y los del Alto Ampurdán son como teas perpetuas.
Puestos en el tema, tampoco se explica bien servidor cómo la ministra del asunto medioambiental, Cristina Narbona, no tuvo hasta ayer la ocurrencia de arrimarse a la lumbre. Como si no se le estuviese quemando el bosque a la ministra. Parece mentira que no aprendiese en cabeza ajena cuando el Prestige tiño de azabache aguas y arenales cantábricos.
Lo de casa es también para enmarcar. ¿Lo último entre los políticos regionales? Jugar a ver quién conoce más casos de corrupción municipal. Y a tenor lo que sugieren, siempre soto vocce, estamos rodeados. Vamos, que lo de Marbella se va a quedar en nada si es cierto todo lo que insinúan unos y otros. Patética reacción al asunto Vallejo-Larbella de los unos y tanto o más patética la respuesta de los otros.