Viernes, 4 de agosto de 2006
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REGIÓN

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En La Rioja se vive el doble
No se olvida. Por mucho que pasen los años, por muchos meses que transcurran, esta tierra nuestra siempre está presente. Ya son casi 18 años los que llevo fuera de Logroño. Pero siempre estoy allí. Vuelves, de pensamiento, no menos de una docena de veces al día. Y ni la pasión que levanta Madrid, siempre Madrid, hace la más mínima sombra a nuestra tierra. Y es que La Rioja es tranquilidad. Y ese es el reclamo que siempre lanzo cuando me preguntan en el periódico si merece la pena visitar La Rioja. ¿Que si merece la pena? Pero si es que no te puedes morir sin venir a conocerla. Y todos dicen lo mismo: comer y degustar los mejores caldos del mundo. Todos dicen lo mismo hasta que van, la visitan y vuelven. Y se dan cuenta de que La Rioja es algo más que sus vinos. Y es que en La Rioja hay tiempo, hay tranquilidad. Y hay buena gente. Sencilla. Tranquila. Sin prisas.
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Y siempre digo lo mismo: ¿lo que echo de menos de mi tierra?, la disponibilidad, el tiempo, el saber paladear la tranquilidad, la falta de prisas. Y es que en Madrid se vive la mitad. O, mejor, en La Rioja se vive el doble. Eso es lo que más echo de menos. Eso, y el poder dejar el coche en el garaje y moverte gastando zapato, sin prisas, parándote con uno y con otro. Viendo cómo pasa la vida, cuando coincides con tus compañeros del colegio de los Jesuitas, cuando ves a sus hijos parados junto a los tuyos. Es ese tiempo que no corre cuando te vas a tomar un vino con una tapa y cae la noche y sigues sin prisa por llegar a casa, porque el reloj no corre a la misma velocidad, porque el mundo en La Rioja gira a otra velocidad.

Ya llevo 18 años fuera pero el contacto sigue siendo permanente. La visita a casa es, como mínimo, trimestral. Sirve para cargar baterías. Y, además, en ese convencimiento de que nuestra tierra es un paraíso está mi insistencia en implicar con mi tierra a toda mi familia, en que mis hijas sientan Logroño como lo siento yo. Y no me siento extranjero en Madrid, la ciudad más abierta del mundo, sin duda alguna, pero el paraíso está más al norte.

Quizá una de las ventajas mejores del verano en Madrid es la disminución considerable del tráfico por las calles. Amortigua en parte el efecto de las obras, las permanentes obras. Pero Madrid, en verano, es también mucho Madrid. Un verano en Madrid es duro, muy duro. Y más trabajando. El asfalto se pega a la suela de los zapatos. Las calles están prácticamente abandonadas. El calor sofocante y la soledad marcan la capital durante el verano. Uno tacha los días, las horas, para llegar al fin de semana y abandonar por apenas 48 horas la ciudad. La familia, dividida. Las hijas disfrutando de Logroño, el resto, en el foro. Pero el trabajo sigue. Y la añoranza también.

Echo de menos La Rioja. No echo de menos el vino. No echo de menos la gastronomía. No. No, también llega aquí. A casa de mi madre voy con frecuencia y no se cocina mal en el foro. Pero sí la tranquilidad. Sí ese otro reloj, ese otro tiempo.



(*) Fernando Lázaro es periodista del diario 'El Mundo'



 
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