El río que vuela sobre el acantilado

Hielo. El chorrón oeste, la semana pasada. :: /L.R.
Hielo. El chorrón oeste, la semana pasada. :: / L.R.

Con heladas o deshielo, Peña Puerta guarda en Viguera la espectacular belleza del mayor salto de agua de La Rioja

Jonás Sainz
JONÁS SAINZLogroño

Hay paisajes siempre hermosos que a veces, solo unos pocos días al año, se convierten además en espectaculares: el viñedo coloreándose en otoño, las cumbres nevadas en invierno, los almendros que anuncian la primavera inminente, los campos de mieses amarillas en el estío... Y hay algunos parajes más recónditos que guardan aún más celosamente el secreto de su verdadera belleza para el momento justo. Es entonces, solo entonces, cuando parecen mágicos.

Los chorrones de Peña Puerta, en el término de Viguera y a escasos tres kilómetros al sur del pueblo, son el mayor salto de agua de La Rioja y un rincón único. Es un lugar relativamente escondido pero sorprendentemente cercano y accesible. Aunque lo difícil no es llegar hasta allí, sino poder contemplar sus cascadas en todo su esplendor, ya que permanecen secas la mayor parte del año y solo el invierno, la época de deshielo y los comienzos de primaveras lluviosas son propicios para tener la suerte de ver caer sus dos 'chorrones' de unos sesenta metros de altura sobre la pared vertical. Es el agua, o incluso el hielo, el verdadero tesoro de este enclave singular.

Peña Puerta (1.185 m.) es un gran murallón calizo que se descuelga desde las alturas de la sierra de Cameros Viejo entre las cumbres de Cerroyera (1.405 m.) y Peña Saida (1.372 m.) sobre el barranco de Madre, un arroyo que discurre hacia Viguera hasta desembocar en el Iregua entre las Peñas de Islallana. Los regatos de los que nace el río captan las aguas de aquello s altos, de los planos entre Cerroyera y Saida, esas soledades donde ahora solo pastan las yeguas y unas pocas vacas pero que antiguamente fueron ricas dehesas de pastoreo lanar, como prueba el chozo blanco que aún se conserva allá arriba.

Peña Puerta es un acantilado de más de medio centenar de metros de altura

El arroyo de Madre nace en Cerroyera y, tras el salto, discurre hasta el río Iregua

Sus dos 'chorrones' permanecen secos la mayor parte del año.

Más al noreste, bajo Peña Aldera (1.248) existen unas formaciones rocosas similares en el término de Nalda, Peñas Valderas, a cuyos pies brota el más modesto chorrón de San Marcos. Pero los chorrones de Peña Puerta son, con mucho, el mayor salto de agua de nuestros siete valles.

Claro que no es el salto del Nervión, la mayor cascada de la Península con sus más de doscientos metros. Y el que acuda pretendiendo descubrir un pequeño Iguazú se va a llevar un buen chasco. Pero nadie puede negarle a Viguera (685 m.) poseer una verdadera maravilla del paisaje natural riojano.

Está muy cerca de Logroño y ya solo el viaje de aproximación merece un repaso a la caprichosa orogenia que encajona al río Iregua justo antes de abrirse a la amplia y feraz vega que se extiende ya aguas abajo hasta dar en el Ebro: desde los mallos de Peña Bajenza (943 m.) y su hermana Sayón (779), frente a las peñas de San Esteban (856 m.), que guardan su ermita paleocristiana, Peña Rota (891 m.) y las Guardias (961 m.); y, ya en los alrededores del pueblo, a un lado la Silla del Diablo (796 m.) y la Peña de la Concepción (813 m.), y al otro, Palomar (999 m.) y el imponente Castillo de Viguera (1.047 m.). Realmente toda la zona conforma un fabuloso entramado de ciclópeos contrafuertes rocosos esculpidos por la erosión para sustentar este flanco de los Cameros a caballo entre la sierra y el valle.

Arriba, el chorrón este de Pueña Puerta el pasado miércoles. Abajo a la izquierda, Peña Puerta, murallón calizo en el nacimiento del arroyo de Madre, al sur de Viguera. Abajo, el chorrón oeste, la semana pasada. / Jonás Sainz

Y es precisamente en lugares como Peña Puerta donde el desnivel se muestra más abrupto y salvaje, un auténtico acantilado vertical formado por una imponente mole caliza que se desploma, según en qué puntos, más de medio centenar de metros.

Un río que nieva

Ese es el sitio, pero ¿y el momento? El momento es precisamente ahora. Ahora que el invierno realmente se ha dejado sentir con precipitaciones considerables y temperaturas dignas de febrero, Peña Puerta puede mostrar, según las condiciones del día, sus dos caras más hermosas: clara como el agua o blanca como el hielo, torrenteras aéreas llevadas por el viento o atrapadas en carámbanos que congelan el silencio.Las heladas recientes (que, según las previsiones meteorológicas, podrían reproducirse en las próximas jornadas) y el súbito deshielo posterior hicieron correr los chorrones esta semana hasta el fondo del abismo.

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Después de dejar atrás la cantera que explota la montaña, el visitante se adentra en un entorno casi relicto. Vigilado desde el cielo por los buitres que anidan en el mismo roquedo, ha de remontar un barranco donde las hayas y los acebos aprovechan la humedad para ganarle un pedazo al matorral mediterráneo y el bosque de encinas y carrascas. La orientación norte de la pared favorece la umbría permanente.

Una senda sencilla (resbaladiza con barro o hielo) lleva en cuestión de minutos hasta el pie del primer chorrón donde poder recibir el bautismo de Peña Puerta. Basta seguir la pared hacia el este (por un terreno más empinado y expuesto a desprendimientos) para llegar al segundo y más impresionante aún. Allí, con suerte, brota el río desde lo alto de la roca, salta en el aire y, como por milagro, se invierte el ciclo natural y el agua vuelve a a convertirse en nieve.

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