«Siempre he tenido que luchar con ese algo enigmático que han visto en mí desde niña»

Ana Torrent.  /  SERGIO PARRA
Ana Torrent. / SERGIO PARRA

Ana Torrent ActrizJunto a Carmelo Gómez, la icónica Ana Torrent protagoniza en el Bretón 'Todas las noches de un día', un drama de Alberto Conejero «sobre el amor y la incapacidad de amar»

J. SAINZ LOGROÑO.

Si solo pudiera salvarse un único plano del cine español tendría que ser uno con los ojos de Ana en 'El espíritu de la colmena'. Ana Torrent (Madrid, 1966) podría estar harta de hablar del tema pero no lo demuestra. Lo hace en cambio con orgullo de formar parte de una obra de arte y con cariño hacia una experiencia que marcó su vida. Aunque reconoce haber luchado contra la imagen que le atribuyeron las películas de su infancia y juventud, desde la que protagonizó con Víctor Erice en 1973 con solo seis años, no puede negar su valor como icono. Después vinieron 'Cría cuervos' de Saura, 'El nido' de Jaime de Armiñán, 'Los paraísos perdidos' de Martín Patino, 'Vacas' de Médem y 'Tesis' de Amenábar, entre las más destacadas. En todas estaban esos ojos. A lo largo de los años ha sabido adaptarse y resurgir para ir tejiendo una filmografía difícil de igualar. En el teatro se ha prodigado menos, pero ahora protagoniza junto a Carmelo Gómez 'Todas las noches de un día', un drama de Alberto Conejero, que se representa hoy en el Bretón logroñés (a las 20.30 h.). Lo mismo que con los cineastas, ha sabido elegir a uno de los mejores dramaturgos. O son ellos quienes buscan su mirada. Y su talento.

-Una historia «sobre el amor y la incapacidad de amar», como la describe su autor, parece una buena historia.

LA FUNCIÓN

u'Todas las noches de un día', de Alberto Conejero.
uDirector
Luis Luque.
uIntérpretes
Ana Torrent y Carmelo Gómez.
uTeatro Bretón
20.30 h.

-Estoy de acuerdo con eso. Es un obra sobre dos personas incapaces de amar porque arrastran un pasado, una herida muy grande dentro.

«Yo misma pensaba que era más frágil, pero poco a poco me voy descubriendo más fuerte» «De niña tenía una forma de mirar, de escuchar, de estar y de hablar, pero no interpretaba; yo era así»«Mi madre me decía de pequeña que las personas acaban siendo como las ven los demás» «Más que reinventarte, te vas adaptando a lo que tienes, a lo que eres capaz de hacer, a lo que quieres»

-«Una función frágil y por eso poderosa», me dice Alberto Conejero.

-Ya te lo ha dicho todo [ríe]. Sí, es muy delicada, muy poética. Hay que dejarse llevar, no solo por lo que están contando, sino por lo que hay entre los dos, lo que se respira, por el silencio, por las miradas... Esa sensación de pensar sobre una relación qué pasó realmente: qué había, qué no había, qué creyó el uno, qué creyó el otro, qué se dijeron y qué callaron...

-'Frágil' y 'poderosa' son palabras que yo emplearía para describir a Ana Torrent.

-... Sí, me identifico un poco. Es verdad que tengo un lado frágil, pero a veces, cuando me tocan ciertas cosas, salto. Mi hermano mayor decía que lo que más temía de pequeño era que yo me enfadara [ríe]. Pero es verdad; de pronto puedo sacar algo muy potente. Salto pocas veces, pero, si salto, salto. Yo misma pensaba que era más frágil, pero poco a poco, a través de la gente, que me ve con mucha seguridad, me voy descubriendo fuerte.

-¿Qué le hace saltar?

-Noticias, cosas que dan rabia. Soporto muy mal el engaño, la traición, la injusticia, cuando la gente hace daño.

-Todo artista busca su imagen o su voz propia, pero en su caso, con una imagen tan marcada desde niña, ¿ha tenido que pelear por lo contrario, contra una imagen preconcebida?

-Hay una imagen de mí que tiene mucho que ver con las primeras películas: algo enigmático, el misterio, algo profundo... Yo lo noto, claro. Es difícil luchar contra esas cosas. Mi madre siempre me decía que las personas acaban siendo como las ven los demás. A mí eso me llamaba mucho la atención. Yo tengo mucho sentido del humor, pero la gente me ve seria.

-¿No lo es?

-Soy reservada, tengo algo de timidez. Pero con la gente cercana tengo sentido del humor y me gusta divertirme. Y es verdad que tengo esa fragilidad, pero esa fuerza también. Yo me considero una persona fuerte, luchadora. Y es verdad que siempre he tenido que luchar contra ese algo enigmático que me han visto desde niña.

-Es inevitable recordarla sobre todo en 'El espíritu de la colmena' y 'Cría cuervos'. ¿Usted es capaz de ver esas películas desde fuera?

-Con los años, sí; de pequeña, no. De pequeña ni entendía ni veía más allá. Con los años he sido capaz de ver la película y no a mí; de ver lo que significa la película y estar orgullosa. Sería raro no estar orgullosa de haber estado ahí. Pero en aquellas películas yo no me podía considerar actriz.

-No interpretaba.

-No, era una niña a la que eligieron. Tenía una cosa natural, un instinto, una fotogenia, una forma de mirar, de escuchar, de estar y de hablar, pero no hacía un personaje; yo era así.

-La mirada de Erice es única en el cine español, pero la que todos recordamos es la mirada de Ana. ¿Le molesta que se lo diga?

-[Ríe] No, cuando es algo bonito no puede molestar. Es una película impactante, entonces y ahora. Una maravilla. Esa niña, esa mirada, ese descubrir el mundo de los adultos. Víctor Erice lo tenía muy claro: necesitaba la diferencia entre las dos niñas, una que ya ha dado el paso y otra, que soy yo, que todavía cree en todas esas cosas y que tiene esa mirada que aún confunde la realidad y la ficción. Y yo vivía eso como cualquier niño de seis años. Es muy potente lo que hizo Víctor Erice para mostrar ese despertar impresionante.

-En teatro se pierde la fuerza del primer plano. ¿Qué se gana a cambio?

-Se gana un recorrido. En el cine, fracturar esos instantes y estarlos reflejando a lo largo de dos meses de rodaje, haciendo un puzle todo el tiempo, es muy difícil. También requiere mucha concentración. El teatro te da la oportunidad de hacer todo el viaje seguido cada día y eso es un disfrute que no puedes conseguir en el cine. En el cine se consiguen otras cosas. Pero en el teatro, cada noche estás tú, el otro actor y el viaje. Te agarras el uno al otro, agarras al público y haces un viaje precioso. Es algo muy hermoso si lo haces con la generosidad que requiere el teatro.

-También Alberto Conejero tiene una mirada inigualable, ¿no cree?

-Es maravilloso. Yo hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una historia y con un personaje como con Silvia. Tiene esa cosa tierna y esa cosa desgarradora, de dolor pero de defenderse, de luchar hasta el final... Y las palabras... Es una mujer que dice cosas hermosas. Y Samuel igual. Yo estoy enamorada de esta obra y eso creo que se nota cuando la hacemos.

-Con Carmelo Gómez trabajó en 'Vacas' (1992). ¿Cómo ha sido su reencuentro en escena?

-Fantástico. No habíamos vuelto a coincidir, pero está siendo muy bonito. Los dos somos muy exigentes. Hay mucha responsabilidad y esfuerzo y empujamos juntos hacia arriba. Y nos ocurre que no hacemos dos funciones iguales [ríe]. Siempre hay algo que surge de pronto, algo fresco.

-Los dos son un poco 'bichos raros'.

-A lo mejor tenemos cada uno una trayectoria algo peculiar, no hemos sido de estar todo el tiempo en los sitios y somos personas muy celosas de nuestra vida privada... Como que nos apartamos un poco, sí.

-¿Ha tenido que reinventarse muchas veces?

-Sí, te vas reinventando. Llevo muchos años y no tiene nada que ver cuando tienes seis años, con los dieciocho o los treinta y ocho. Ahora estoy en otra etapa diferente. Esto va así. Más que reinventarse es irse adaptando a lo que tienes, a lo que eres capaz de hacer, a lo que quieres hacer, a las oportunidades.

-¿A qué mujer ve cuando se mira al espejo?

-Ahora estoy contenta. Tengo una etapa feliz en mi vida, mucho más tranquila y muchísimo más segura en el trabajo.

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