Una novela entre la tragedia y la comedia de costumbres

LUIS ÁNGEL ADÁN LEÓN

Louise Erdrich publicó su primera novela en 1989. Era un buen momento para una novela llamemos étnica. Sus protagonistas pertenecían a su raza, la de los indios de la tribu chippewa de Dakota del Norte y mezclaba realismo social con el mundo mágico de los nativos americanos, de la misma manera que sus protagonistas, que vivían en reservas indias y luchaban en Vietnam, seguían practicando los rituales de sus ancestros. Fue un éxito y la convirtió en la escritora india del momento. Han tenido que pasar 15 novelas, varios libros de poemas y uno de relatos para que consiga quitarse la etiqueta étnica sin dejar de escribir sobre lo mismo.

Desde entonces hasta ahora, las comparaciones han ido siempre hacia Faulkner y García Márquez. Con el primero la relaciona el escribir siempre sobre un espacio real y mítico, el de una reserva india en Dakota del Norte en la que pasado y presente se mezclan a través de las vidas de personajes de raíces indias. Con el segundo, la mezcla entre magia ancestral y realidad social dura, así como el uso de un lenguaje fuertemente sensual y evocativo.

Sus novelas han ido publicándose de forma regular en España, aunque ha cambiado bastante de editorial para recalar finalmente en Siruela, que se ha encargado de sacar todo lo que produce. Así nos encontramos con su última novela, publicada el año pasado en EEUU y puntualmente traducida éste. 'El hijo de todos', que en el original se titula 'Larose', que es el nombre de un preadolescente que los avatares de la tradición india hacen que sea compartido por dos familias para saldar una deuda trágica.

Esa es la premisa que estructura la novela que se mueve entre la tragedia y la comedia de costumbres en ese mundo duro en el que la naturaleza es testigo y personaje.

El padre del protagonista mata por accidente a un chico que es hijo de unos amigos y parientes y amigo de su hijo. Para poder soportar la culpa y ayudar a los padres desesperados, decide entregarles a su hijo para que ocupe el lugar del desaparecido. Larose actúa como filtro curativo de las dos familias y sirve de puente entre el pasado y el presente. así como de nexo entre el mundo mágico de la naturaleza y de los muertos.

En ese vaivén conocemos a personajes también heridos por la vida que tratan de recomponerse en ese mundo desolado en el que, sin embargo, siempre nos sorprende un momento divertido. De entre ellos destacan el sacerdote de la reserva, antiguo marine retirado que trata de encontrarse entre alcohólicos y abandonados. O Romeo, un drogadicto a la deriva buscando venganza del mundo. Todo parece la pista de aterrizaje de un aeropuerto sin controladores en el que los choques de aviones están siempre a punto de suceder. Los controladores son la naturaleza y los seres mágicos que se mueven con indiferencia entre los humanos, cansados de verlos tropezar una y otra vez.

Pero ya he dicho que ese mundo está lleno de vida: los jóvenes luchan por tener futuro con alegría y la transmiten a sus padres y al mundo que les rodea. El resultado es un fresco abigarrado y lleno de pasiones. O sea, una hermosa novela.

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