El idioma del agua

JORGE ALACID

Dotado de un sobresaliente capacidad para la fabulación, como habrán comprobado tanto quienes hayan catado sus escritos como periodista (valga la paradoja) como quienes hayan asistido a una de sus brillantes exhibiciones de literatura oral, Javier Osés (alias de Luis Javier García) acaba de entregar a la imprenta su primera obra de ficción. En ella despliega su propio mundo, un mundo conocido porque también perfumaba su obra como cronista, en esos artículos sobre sus andanzas por La Rioja interior, terreno que pisa con sabiduría porque, sobre todo Nájera y alrededores emilianenses, son para Osés algo parecido a la palma de su mano.

Ahí reside tal vez uno de los mejores logros de 'El estudiante de San Millán enamorado', la con que debuta en la literatura: su perspicacia para capturar la magia del paisaje, que pone al servicio de otra magia, la propia de su relato. El otro gran acierto de Osés reside, aunque ya se ha insinuado aquí, en su talento para domesticar el lenguaje. Para jugar con las palabras, seducirlas y conducirlas hacia donde quiere situar al lector: en la almendra central de una historia que conmoverá especialmente al grupo de lectores que, como el propio autor, residen o conocen con parecida pericia ese territorio por donde discurren los ríos Cárdenas y Najerilla. Un país desbordante de historia que no había contado hasta ahora con la pluma de alguien dispuesto a encontrar allí el espacio propicio para el mito y la leyenda. Para la epopeya.

Aunque es una epopeya menor, de aire costumbrista. Frente a las grandes hazañas de santos y eremitas que pueblan la historiografía del valle de San Millán, Osés se decanta por una historia íntima, contada en primera persona, donde descuella una amplia gama de referencias. Nuestro novelista ha optado por alinearse en la tradición de la mejor literatura en castellano, con algunos hitos memorables que van cruzando las páginas de su libro ofreciendo pistas al lector de cuáles fueron las lecturas que alimentaron estas fantasías.

Debe advertirse que, por supuesto, antes que escritor Javier Osés es sobre todo lector. Un lector voraz, sagaz en cualquiera de sus acepciones. Que se encuentra cómodo manejando la herencia recibida de autores que antes que él también retrataron ese paisaje rural donde sitúa su trama y a sus personajes. Pensemos en Cela, por ejemplo. Pero pensemos también en la novela picaresca, porque algo de ella inunda estos párrafos. Que eso es su protagonista, un pícaro venido a menos, sometido por otros pícaros más poderosos. Un pobre diablo que tanto se parece a aquel Onofre Bouvila que ideó Eduardo Mendoza, a quien Osés también lleva de paseo por las páginas de su novela en busca de una posible redención.

Pero a diferencia del autor de 'La ciudad de los prodigios', Osés declina ingresar en el mundo de la parodia. Aunque sí se permite alguna licencia humorística que trufa de ritmo la acción, su relato es el relato del desasosiego. La idea de que alguna luz alumbra el final del túnel; que cada vida merece ser vivida si al fondo se asoma la esperanza. Una tesis que Osés destila a través de su mejor argumento: el lenguaje. Onírico. Transparente y cristalino. El idioma del agua en que hablan sus criaturas.

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