Escribir para sobrevivir

DIEGO MARÍN A.

Raymond Carver publicó en 1981 'De qué hablamos cuando hablamos de amor' para desmoronar el concepto idílico del sentimiento amoroso, imprimiéndole sufrimiento, incomprensión, dolor. Haruki Murakami tomó prestado el concepto del título en su obra testimonial 'De qué hablo cuando hablo de correr' (2007), una exposición de razones, experiencias y sensaciones de la práctica del atletismo.

Diez años después acaba de ser publicado en España 'De qué hablo cuando hablo de escribir', una obra sobre su experiencia como escritor, la asimilación del éxito y la distancia entre su labor artística y la parafernalia (lectores, galas, críticas, conferencias...). En un tono distendido, sin grandilocuencias, con sencillez y ganas de ser comprendido, Murakami ofrece su experiencia literaria y revela algunas verdades que quizá muchos ya sospechaban. Y empieza fuerte, en la primera página ya advierte de que «la mayoría de los escritores no destacan por ser personas con un punto de vista imparcial sobre las cosas y por tener un carácter apacible». Un escritor es una cosa, una profesión, y ser persona, otra, cada figura conlleva unas responsabilidades distintas y hay que separarlas. Hay más, como la afirmación de que «es obvio que se escriben muchas novelas por encargo».

Murakami es japonés, pero la cultura y la industria editorial oriental no parece, en este sentido, tan distante. Hay otras reflexiones, quizá, más llamativas, como las que le llevan a relacionar la escritura con el esfuerzo físico, la necesidad de entrenar la mente y, con ella, el cuerpo. El escritor japonés recuerda un titular que le regaló a un joven periodista en una entrevista: «Un escritor está acabado cuando engorda». Admite la brusquedad de la sentencia pero se reafirma en su verdad. De ahí nace su afición por correr, derivada en la práctica del ultrafondo. De alguna manera, afrontar la redacción de una novela larga exige una concentración y una fortaleza mental propia de deportes extremos. Pero también tuvo que luchar contra los prejuicios y oír opiniones como: «Si corres todos los días te vas a poner en forma pero no vas a escribir nada decente».

Al fin y al cabo, Murakami no hace nada nuevo ni tampoco extravagancia alguna. Su compañero en Tusquets Eugenio Fuentes, padre literario del detective ciclista Cupido, reconoce que para aclarar ideas y salir de los callejones sin salida a los que le conduce la literatura sale a pedalear, como su personaje. Sin ir más lejos, el atleta logroñés Juan Carlos Traspaderne dijo aquello de que «los mayores problemas de mi vida los he solucionado corriendo». Murakami no ha descubierto América, pero esta es su 'América'.

Confiesa algunas incoherencias y reconoce, incluso, discusiones con su esposa cuando ella no aprueba algún pasaje de sus obras en el proceso de corrección, algo que disuelve el concepto de inmortalidad de los artistas y lo hace descender a un nivel cotidiano. Este libro es un entretenido testimonio sobre la humanidad de un escritor de éxito, más sabroso para sus lectores y para los propios escritores, si no quieren sentirse un bicho raro. Cada escritor tiene sus manías, disciplinas, influencias y ridiculeces, y aquí Murakami admite las suyas.

Tal vez lo que más llama la atención sea la aparente necesidad de que deba hacerlo. ¿Murakami debe explicar por qué escribe? En realidad, el libro es una compilación de artículos publicados en la revista 'Monkey' sobre el oficio literario. La ficción de la realidad actual provoca que el interés se fije no en los mundos fantásticos sino la fantasía del mundo.

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