Ciclismo de supervivencia

DIEGO MARÍN A.

El Tour de Francia de 1928 lo ganó el ciclista luxemburgués Nicolas Frantz. En aquella edición, por vez primera, participó un equipo de ciclistas de habla inglesa, el oceánico RWD, compuesto por australianos y neozelandeses. Ernest Bainbridge, Harry Watson, Hubert Opperman y Percy Osborne formaron aquel equipo entre los 162 ciclistas dispuestos a recorrer los 5.375 kilómetros de la competición, aunque sólo 41 llegaron a París.

Anteriormente, en 1914, otros dos australianos había participado en el Tour: Don Kirkham e Iddo Munro. Si esta carrera por etapas ya es toda una heroicidad actualmente, entonces era toda una odisea. El neozelandés David Coventry, ingeniero de sonido y documentalista antes que escritor, ha rememorado la hazaña de aquellos cuatro ciclistas en su primera novela, 'La milla invisible'.

Por aquel entonces la carrera se disputaba por equipos que realmente eran selecciones nacionales y se ascendían igualmente puertos como el Col de l'Aubisque, que estaban sin asfaltar. Las bicicletas, por supuesto, eran robustas y pesadas, como los ciclistas, y sin apenas cambios. Visto así, embarcarse en aquellos Tours de Francia parece una locura y se entiende mejor teniendo en cuenta que Ernest Bainbridge era ya, a sus 37 años, un veterano de la Primera Guerra Mundial.

De 'La milla invisible' es valioso el testimonio de cómo eran aquellas alocadas carreras sin orden ni disciplina. Los ciclistas llegaban a un avituallamiento, paraban, arrasaban con todo, y continuaban la marcha. Si pinchaban, perder unos minutos no importaba tanto porque, probablemente, los que iban delante pincharían también. Y también llama la atención la naturalidad con la que se narra el dopaje. David Coventry cita un dopaje sencillo, nada de las complejas sustancias actuales sino drogas como el alcohol y la heroína.

También hay tragedia, como la muerte del ciclista Louvière, que después persigue al protagonista, Bainbridge, en sus visiones. Bainbridge es el narrador de la historia, un corredor del montón, con su propia historia particular. Intenta comunicarse con los espectadores franceses, que le admiran, busca una historia de amor con su prima lejana Celia y soporta la agonía del Tour hasta no poder más. Hay otros momentos delirantes, cómicos, como el final de una etapa en la que Frantz destroza su bella bicicleta Alcyon en un paso a nivel y acaba la etapa esprintando en meta con la de paseo 'prestada' por una mujer.

«La milla invisible, ese momento en el que la distancia se transforma de pronto en nervios, tendones y sangre. El dolor se convierte en un mantra, en un índice que te recorre el cuerpo», describe Coventry. No hay demasiados detalles de las etapas, sólo se narran algunos momentos, pero se transmite el esfuerzo, el agotamiento, las ensoñaciones que proliferan en medio de la agonía. Hay, sobre todo, una historia paralela a la deportiva, más trascendental, la búsqueda de sí mismo de Bainbridge, un desafío personal en el que parece que lo de menos es pedalear.

Bainbridge siente la admiración de la afición y eso le aturde, escucha su nombre con desconcierto entre el público y desconfía. 'La milla invisible' es una novela más sobre la supervivencia que sobre el ciclismo, aunque a veces pueda parecer lo mismo, sobre todo, a cola del pelotón.

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