La Rioja

Silencio, habla la Naturaleza

Silencio, habla la Naturaleza
  • La sinfonía de la fauna en la Reserva de la Biosfera de La Rioja promueve las atractivas ‘Rutas del Silencio’ para escuchar a los animales en su propio hábitat y disfrutar de la tranquilidad y las melodías naturales

Atardece sobre el Camero Viejo. En Trevijano, una aldea de Soto en Cameros que se impone sobre el Cañón del Leza, baja diez grados la temperatura con respecto a los 40ºC de Logroño. Es un pueblo mágico, de tradición ganadera pero despoblado hace casi medio siglo, aunque ha sido rehabitado y reconstruido en los últimos años por descendientes y veraneantes. Junto a la ermita del Santo Cristo, a apenas un kilómetro de Trevijano, llama la atención el silencio. Se llega allí, como hasta la aldea, por una carreterucha estrecha, empinada y serpenteante por la que apenas caben dos coches en tres puntos.

Los insectos revolotean y rompen el silencio reinante como verdaderos aviones a reacción, como auténticos Fórmula 1. Ni siquiera molestan tanto como en la ciudad. Frente a la ermita nace un camino en cuesta arriba que se adentra en el barranco de Trevijano, entre los montes Rodalillo y Laturce, las últimas cimas de la Sierra de Cameros, en dirección a Nalda, entre Clavijo y Luezas. El sendero es pedregoso y en él han dejado su inconfundible huella las vacas, pero también los corzos, cabras y jabalíes. El firme, además, está horadado por la erosión y el propio tránsito los animales. No obstante, Trevijano fue un pueblo de ganado trashumante. Escoltan la marcha arbustos con bellos frutos, como las moras silvestres y las endrinas.

Un ave da la bienvenida desde el fondo del valle, un cuervo grande que grazna marcando los primeros pasos del visitante. El sol va desapareciendo sobre las lomas, como acariciándolas. En ellas, los caminos y cortafuegos se asemejan a venas sobre el cuerpo de una bestia peluda. Hasta los coches, circulando a cuentagotas por la carretera LR-250, emiten a lo lejos un agradable sonido, como de ola que rompe sobre la playa. De pronto canta un grillo, bota un saltamontes y se deja oír una lavandera cascadeña como un cascabel. La Naturaleza empieza a perder la vergüenza y se presenta cada vez menos salvaje.

Las marcas blancas y rojas, como banderas de Polonia, marcan la dirección a seguir. Poco a poco explotan de júbilo las perdices, en contraposición con el piar discreto del petirrojo europeo. Los sonidos del campo se han convertido ya en una sinfonía en la que contamina hasta el más mínimo e inocente comentario humano. Y es que el hombre no sólo ensucia con basura, también mancha el paisaje con su ruido, quebrantando la tranquilidad.

Conforme nos adentramos en el monte el sosiego envuelve todas las sensaciones, impide hablar, casi prohibe pensar, inhibe las preocupaciones abandonadas ya en la ciudad. La brisa fresca hace más agradable aún el paseo y agita las hojas de los árboles como panderetas. El sendero se va estrechando y la flora se hace más frondosa. Ahora hablan la tarabilla y el zorzal común, parecen tener una interesante conversación. Se les oye pero permanecen ocultos, como señalando a los foráneos. El camino sube unos escalones escoltados por un murete de contención hecho de piedra entre diversas bifurcaciones.

En lo alto encontramos la nevera de Trevijano conservada en perfecto estado. Es un pozo de nieve, de los que fueron muy populares en La Rioja desde el siglo XVII hasta el nacimiento de la industria frigorífica. Este es profundo, vallado y marcado con el número 26. Desde allí se ve Trevijano dibujando perfectamente el 'skyline' sobre el cielo del Camero Viejo, encendidas ya las primeras luces de las casas y las farolas de sus calles. Parece el puerto divisado por un navío después de una larga travesía.

El sendero continúa hasta Zorralamuela y el Alto Rebollar, incluso se puede hacer circular llegando al Dolmen de Trevijano y regresando por la Ermita de la Virgen del Cúpulo, cresteando por caminos marcados por los Anillos Ciclo-Montañeros de la Reserva de la Biosfera de La Rioja, rutas etnográficas que invitan a ser recorridas por senderistas y ciclistas de montaña. Pero allí, junto a la nevera, el tiempo de detiene.

Comienza a hacerse de noche, apenas hemos andado dos kilómetros pero es suficiente para haber irrumpido en el cómodo hábitat de las aves, que cantan acompañadas de su propio eco. Es una orquesta dirigida por la luna mora que aparece por el Sureste. Durante el regreso los grillos intensifican su timbre despidiendo a los forasteros o celebrando su marcha. La ruta apenas supone tres kilómetros de distancia con un desnivel de 120 metros positivos y se puede recorrer en una hora y media. Es corta, pero merece la pena. Es un ejemplo de las Rutas del Silencio que ofrece la Reserva de la Biosfera de La Rioja, la más cercana a Logroño, pero hay más en Santa Engracia del Jubera, Zarzosa, Valdegutur.

Rutas guiadas

Periódicamente la Consejería de Agricultura, Ganadería y Medio Ambiente del Gobierno de La Rioja organiza excursiones guiadas por las 'Rutas del Silencio de la Reserva de la Biosfera' y la próxima será el sábado 17 de septiembre. El biólogo David Mazuelas dirigirá al grupo por el entorno del río Linares desde Igea y ofrecerá explicaciones sobre los buitres, la berrea y las aves en migración, además de tratar de divisar a la collalba gris, considerada la última especie del verano. El recorrido es de aproximadamente de 7,4 kilómetros y transcurre entre Igea y La Era del Peladillo, con una duración aproximada de 3,5 horas, incluyendo un descanso.

Después, la última ruta organizada del año se celebrará el 29 de octubre por el hayedo de Zarzosa, que es la más exigente por tener el mayor número de kilómetros en su recorrido (casi 16, con 500 metros de desnivel y aproximadamente 6 horas de duración), pero que merece la pena tanto por el paisaje como por sus sonidos. Actualmente hay seis rutas marcadas por los valles del Leza, Jubera, Cidacos y Alhama, cada una con cierta preferencia para recorrerla durante una estación del año.

En invierno es ideal la ruta que parte desde Santa Engracia y transcurre por el valle del Jubera, con el cárabo como protagonista. En primavera la ruta de Valdegutur, en el valle del Alhama, destaca por la sonora presencia de anfibios en el embalse de Añamarza. En verano destaca la ruta de Trevijano porque las aves están en periodo de cría. Y en el próximo otoño se recomienda visitar el hayedo de Zarzosa por la berrea del ciervo y las migraciones de las aves, pero, además del valle del Cidacos, el de Ocón también es interesante. La iniciativa permite acercar a la población los valores naturales de la Reserva de la Biosfera de La Rioja, busca un disfrute respetuoso de la naturaleza, del silencio. Al fin y al cabo, la Naturaleza nos habla. Sólo hay que escucharla.