La Rioja

Caballos al viento. Un grupo de senderistas camina por el monte ante la mirada de un potro. :: justo rodríguez
Caballos al viento. Un grupo de senderistas camina por el monte ante la mirada de un potro. :: justo rodríguez

Ya vuelven los pastores a las Viniegras

    Triste y oscura quedaba la sierra cuando marchaban los pastores a la Extremadura. Y cómo iba a quedar si no; sin hombres los pueblos, sin mozos las fiestas, con las mozas solas por los graneros y las mujeres viudas entre pucheros. Cuántas veces habrán cantado en las Siete Villas que ya se van los pastores hacia la majada; ya se queda la sierra triste y callada... Cuántas historias y sacrificios, cuántas aventuras de sol a sol y de noche en noche. El pastoreo a tierras lejanas; la trashumancia. Los rebaños por las cañadas, las majadas sin los ganados. Los lobos, los salteadores y los señores amos; qué sabían ellos de los caminos andados, de las fatigas, de las noches oscuras y los día tras día. Bajo las estrellas o perdidos en la niebla, con menos gloria que pena, en el morral un mendrugo, el vinillo amigo y una libra de tocino, marchaban los pastores de las Viniegras. Hoy sus hijos, sus nietos, no quieren olvidar y volverán a marchar; por los viejos tiempos, por las viejas sendas, por aquellas gentes.

    Propiciada por sus montañas y valles, sus lluvias y nieves y la relativa planitud de sus cimas y laderas para la formación de pastos, la ganadería fue desde antiguo la actividad principal en pueblos serranos como Viniegra de Abajo, o de Yuso, que así se le dijo hasta bien llegados nuestros tiempos. Durante generaciones los rigores del invierno hicieron de la trashumancia una práctica estacional de grandes rebaños pastoreados hacia el sur, las tierras bajas, por cuadrillas de duros hombres de estas más altas y zagales montaraces. La época de mayor esplendor de aquel oro blando que era la lana, tan duro en cambio para sus mineros, se extendió del siglo XV a la primera mitad del XVIII y a mediados de esa centuria el catastro de Ensenada aún registraba en Viniegra un censo trashumante de 17.169 lanares y 2.557 cabras que iban al cuidado de cinco mayorales, ochenta rabadanes y compañeros y seis temporeros. Y otros tantos en Viniegra de Arriba, en Ventrosa, en Brieva, Mansilla, Canales y Villavelayo. Entre todos los pueblos juntaban auténticos ejércitos peregrinos de ovejas, carneros y corderos, cabras y cabritos, reses caballares, mulas y pollinos, y buenos mastines que debían partir con sus pastores entre voces de arreo, silbidos y puños apretados antes de llegar las nieves, dejando tras de sí una polvareda de angustias y no pocas lágrimas.

    Triste y oscura, con razón, quedaba la sierra... Ya se van los pastores, ya se van marchando; más de cuatro zagalas quedan llorando...

    Discurría la Cañada Real de las Siete Villas viniendo de Cameros por Ortigosa, cruzaba los altos de Canto Hincado y sorteaba el imponente paso de las Escaleras hacia Brieva. Y, después del collado del Palo, Ventrosa y las Viniegras. Por esa vía pecuaria, salvando las montañas de la Ibérica hacia la Meseta, comenzaban un viaje que duraba sus buenos treinta días como poco hacia los campos de Castilla en dirección a Medina y Salamanca, cruzando el Duero y el Tajo, buscando las tibias dehesas extremeñas, los pastizales de Brozas, Alcántara y Sierra Fuentes, Cáceres y la Caracolera de Ciudad Real... Por allí marchaban los pastores a la Extremadura, para no volver hasta bien entrado mayo. Y así fue por años y hasta por siglos.

    Echarse al monte

    ¿Qué queda hoy de aquella tradición? Qué queda después de invertirse aquel auge, después de agotarse el progreso y la riqueza que no enriqueció a estas gentes sino a sus dueños; después de que llegaran el declive y la pobreza, que sí les empobreció a ellos hasta hacer partir lejos a muchos de sus hijos. El abaratamiento de la lana, la crisis de la Mesta, las nuevas industrias, el hambre, la emigración a América, la guerra, el éxodo a la capital, el despoblamiento rural... los tiempos, siempre ansiosos por renovarse, fueron acabando con aquella forma de vida cuyos últimos vestigios, ya casi testimoniales, han perdurado justo hasta antes de ayer. Y a punto estarían de acabar también con la enorme cultura popular a su alrededor de no ser por el recuerdo vivo en sus descendientes...

    Lucerito que alumbras a los vaqueros, dale luz a mi amante, que es uno de ellos. Lucerito que alumbras a los pastores, dale luz a la prenda de mis amores...

    Para no olvidar, para recordar. Recordar volviendo a andar aquellos viejos caminos de antaño sin los cuales hoy no estaríamos donde estamos, recordar lo que fuimos cuando fuimos pastores, recordar es el motivo de la Marcha de los Trashumantes, la iniciativa que comparten Brieva de Cameros, Ventrosa y las dos Viniegras, y que celebra este sábado en la de Abajo, la de Yuso, su tercera edición. Recordar y marchar.

    ... Ya se van los pastores

    volverán cantando

    los amores que dejan

    ahora llorando.