Desde el 28 de octubre de 1998, Juanjo Ganuza comparte su vida con Shelby, su perro guía. Él es invidente, y el animal hace su día a día más fácil. En una noche hace poco menos de un mes, Juanjo tuvo un problema en una céntrica cafetería de Logroño por la presencia de su perro.
«Nunca he tenido ningún altercado por llevar conmigo un perro, y si en algún momento alguien ha puesto alguna pega, lo hemos resuelto hablando», afirma. Juanjo entró con un compañero en el establecimiento, en el que ya había estado más veces, y le sirvieron «con toda tranquilidad». «En un determinado momento entró el dueño de la cafetería y me pidió que le pusiese el bozal al perro», relata. Entonces preguntó el porqué de la circunstancia, y el hombre le dio unas explicaciones «que no nos convencieron». «Acabó diciéndome que esa era su casa y que en ella se hacía lo que le daba la gana», asegura, «y pedí la hoja de reclamaciones, negándose él a darmela». Finalmente la policía tuvo que intervenir y le proporcionaron dicha hoja. Juanjo, sobre todo, quiere recalcar que «hay que estar en la piel del que no ve para poder valorar lo que supone un perro».
«Respeto mutuo»
El dueño del establecimiento ha informado a este diario de que «sólo le pedí como un favor que le pusiese el bozal porque estaba recogiendo y pasando todo el rato a su lado y me sentía incomodo, me dio un poco de miedo». Ante la petición, este hombre asegura que Juanjo «se puso nervioso y pidió la hoja de reclamaciones, que no le di porque no había tenido ningún problema con el servicio». «Nunca le he faltado al respeto y comprendo que tenga que llevar al perro, pero el debería respetar que yo quiera hacer mi trabajo cómodamente», afirmó.