- ¿Cómo dio el gran salto y se trasladó de España a Bruselas?
- Si la Filosofía es Platón, y el resto, notas a pie de página, para mí, el gran salto fue nacer, y lo demás se ha ido dando, poco a poco, razonablemente bien. Lo penúltimo, lo de Bruselas, surgió sin intención, hojeando, en la tarde un domingo, durante una guardia que había empezado el viernes, el cuadernillo salmón de 'El País'. No buscaba otro trabajo, sólo me interesaba conocer lo que el mercado demandaba en aquellos momentos. Transcurría el año 1988. Y me encontré un anuncio. Lo recorté por curiosidad. Mi mujer, que tiene demasiada fe en mí, me animó para que mandara los documentos. Tuve que examinarme, de manera escrita y oral, dos veces en Madrid, y más tarde, me desplacé a Bruselas para una entrevista. Me seleccionaron y me dije: ¿Por qué no? Llegué para trabajar en la Secretaria General del Consejo de la Unión. Luego pasé a ser médico asesor y responsable de la Unidad del Servicio Médico, mi actual cargo.
- ¿Cuáles son las enfermedades más comunes entre sus pacientes?
- Como médico, me debo al secreto profesional, y como funcionario, tengo la obligación de reserva. Pero puedo decir que se trata de los males comunes de personas entre 25 y 65 años de países desarrollados en un contexto multicultural. Es decir, atendemos con frecuencia ataques de estrés, sobre todo en grandes cumbres, como los Consejos o las conferencias internacionales. A todo ello hay que añadir las urgencias, así como las particularidades de la medicina de viajes, un aspecto muy importante en nuestra actividad, ya que resulta común que los funcionarios tengan que acudir a países 'exóticos' o en crisis.
- ¿Cómo fueron sus estudios?
- Fui a los Escolapios de Logroño hasta que me marché a Zamora a cursar bachiller superior en la Universidad Laboral. Esto conllevó que hiciera la carrera de Medicina en Salamanca, y no en Pamplona o Zaragoza, como era habitual para los logroñeses. Como experiencia vital, mi primera salida de Logroño, en una residencia con mil estudiantes, fue muy interesante. En la Universidad de Salamanca pasé seis años maravillosos y conocí a la que ahora es mi mujer. Guardo un gran recuerdo. Entre estudiantes y algunos profesores, éramos unos poquitos de La Rioja, entre ellos el sacerdote Pedro Trevijano y una antigua reina de las fiestas, Valvanera Marrodán. Creamos una especie de Centro Riojano, sin sede, y nos juntábamos a cenar de vez en cuando.
- ¿Y sus inicios en la profesión?
- Trabajé como médico de asistencia primaria en las provincias de Segovia y Burgos. En 1983, aprobé las oposiciones al cuerpo de médicos titulares y me destinaron a Villadiego (Burgos). Allí me encontraba a medio camino entre Logroño, donde vive mi madre, y Segovia, tierra de mi mujer.
- ¿Qué recuerda de Logroño?
- Tantas cosas, y cada vez más... Yo nací en enero del 56, en la actual avenida de la Paz, antigua General Franco y antes, creo, calle del General Espartero. Fue un invierno helador que me valió, de entrada, una neumonía. Vivíamos frente al entonces cuartel de infantería, hoy explanada del nuevo Ayuntamiento. Distancia y tradición familiar me 'obligaron' a acudir a los Escolapios hasta el final del bachiller elemental y reválida. De aquella época, tengo en mi cabeza decenas de imágenes y sonidos. Al nacer ante un cuartel, viví a toque de corneta y me divertía viendo las salidas de los soldados desde la ventana del mirador. Luego, el Gorgorito de la Glorieta y el Tragantúa. En las fiestas de San Mateo, la feria de la flor y la planta en los jardincillos del Instituto Sagasta, el festival de la chuleta al sarmiento de la calle Colón, la tómbola y los festivales de la canción en El Espolón, las piscinas de Cantabria, los paseos por la entonces arbolada carretera de Soria hasta los Padres Blancos o los veranos trabajando en algunos servicios médicos de la Residencia sanitaria.
- Logroño, Zamora, Salamanca, Segovia, Burgos, Bruselas. Muchas ciudades, en España y en el extranjero, han marcado su vida y la de su familia.
- Es verdad. Mis padres y mis ancestros son riojanos, a excepción de una abuela malagueña. Mercedes, mi esposa, también médico, se licenció después en Odontología en la Universidad Libre de Bruselas. Nuestro hijo mayor prepara el Doctorado en Madrid, el mediano estudia Comunicación Audiovisual también en Madrid y la pequeña, que nació en Bélgica, estudia el equivalente a sexto de Primaria en la Escuela Europea III de Bruselas.
- Y toda esta variedad, ¿le enseña a uno a convivir?
- La mezcla genética es el mejor antídoto contra las purezas raciales y los patriotismos de campanario. Podría escribir un libro con anécdotas, pero como expatriado, las más curiosas se refieren siempre al uso del idioma.
- Para definirse, a usted le gusta repetir una frase: 'Nada de lo humano me resulta ajeno'.
- Nada, desde lo excepcional hasta lo terrible, debe extrañarnos porque es propio del hombre y hay que intentar aceptar y gestionar las circunstancias. Eso sí, yo rechazo con todas mis fuerzas la traición y la hipocresía. Por suerte, entre lo humano tenemos también la pintura, la música y la literatura, y yo adoro las artes, y los idiomas, porque hacen que el mundo esté más abierto. Sobre todo, me encanta leer, aunque el trabajo nos deje cada vez menos tiempo para hacerlo. Pero para eso está el metro.