Era el sábado pasado, después de hacer una pequeña compra en la Plaza; me había refugiado en el interior de la cafetería, para defenderme del calor, calmar la sed y tomar algunas notas para un nuevo proyecto literario que necesito madurar, y en esas condiciones, también, de paso, para recoger, 'Al Vuelo', lo que mi entorno quisiera ofrecerme. Fuera, el mediodía era bochornoso.
La mesa contigua a la mía estaba ocupada por cuatro mujeres de edad media y ademanes afectados, casi finos o cursis, pero que se manifestaban con profusión de tacos y expresiones soeces. Hablaban en un tono excesivamente elevado, con regodeos y vehemencias. Tras alardear de algunos éxitos amorosos extramatrimoniales, pasaron a intercambiarse intimidades conyugales y pareceres.
-Yo a mi marido lo tengo bien puteado. Con la coña de la menopausia, en casa estoy todo el día cabreada. Lo pongo a parir por cualquier motivo, o sin él. El tío, en silencio, me lanza miradas asesinas, pero yo no paro hasta que lo veo agobiado -comentó la del escote profundo.
-Huy, pues yo al mío lo tengo todo el día de chacha. Como él lleva sus rollos profesionales en casa y yo todavía trabajo fuera, antes de irme al curro le pongo los deberes domésticos, que le van a tener jodido todo el día. Después, cualquier cosa es suficiente para que le arme la de dios. Y si se le ocurre protestar, alboroto, lo insulto y disparato, y él a callar, sin remedio. Es divertidísimo - añadió la de la mirada pequeña y caderas anchas.
-Yo no soporto al mío -intervino la del gesto soberbio-; todo lo quiere razonar. Cuando surge algún problema, él comienza con sus aburridos argumentos, pero no los escucho, y lo interrumpo, me pongo furiosa y le culpo de cualquier cosa; hablo y hablo de lo que sea, sin orden, rebuscando también lo que más pueda herirle en ese momento. Él se pone muy nervioso y queda desconcertado. También se calla, el muy calzonazos.
-Si es que son todos idiotas -remató, en síntesis, la menos habladora.
Lo que estaba oyendo me pareció asqueroso, tanto como cuando oigo presumir a algunos hombres bocazas de su condición putañera o conquistadora, de su talante dominante o de su actitud injuriosa y vejatoria con la mujer, propia o ajena.
En no pocos casos, la mujer, en vez de dedicarse a desarrollar sus altos potenciales y demostrarlos, se empeña en emular lo que de deplorable tiene el hombre, y así, frente a la repugnante prepotencia de ciertos varones respecto a la mujer (machismo), ésta reacciona con el hembrismo, que lo defino como el machismo pero a la viceversa. Digo sí al feminismo, que concede a la mujer capacidad y derechos reservados antes al hombre, lo defiendo, pero el hembrismo lo detesto, igual que el machismo. Tanta conducta sexista, tanto conflicto de género, no conduce sino a la barbaridad. Pero vaya usted a convencer de esto a los necios (hombres o mujeres), o pretenda luchar contra los majaderos (mujeres u hombres). Tiempo perdido.
Me atormenta una duda: ¿Estará el mundo condenado a ser mangoneado por los mentecatos? Qué horror.