Las palabras del presidente Rodríguez Zapatero negando que su Gobierno haya establecido compromisos con ETA o con Batasuna y reiterando que existen «buenas condiciones» para acabar con el terrorismo, permitirían conducir el debate público en torno al alto el fuego hacia cauces de mayor prudencia y sensatez si el proceso no se hubiera convertido en fuente constante de polémica debido fundamentalmente al engreimiento de la izquierda abertzale. En una situación de confianza y normalidad entre Gobierno y oposición, las declaraciones del presidente serían suficiente mentís como para acallar especulaciones y evitar las graves acusaciones con las que el PP afea su conducta al Ejecutivo. Pero si ello no es así es tanto porque el partido de Rajoy ha decidido oponerse a la iniciativa de Rodríguez Zapatero como porque éste ha optado por prescindir del freno que supondría para sus intenciones el previo acuerdo con el PP.
En su esfuerzo por eludir la derrota frente al Estado de Derecho tanto ETA como los dirigentes de la izquierda abertzale insisten en transmitir mensajes de victoria a sus seguidores. Que ello parezca lógico no quiere decir que sea admisible para la sociedad y sus instituciones. Todo lo contrario. Ni la banda terrorista ni los portavoces de Batasuna pueden poner condiciones para su renuncia definitiva al uso del terror. Y no sólo porque la resistencia social frente a su dictadura y la aplicación de la ley han evidenciado su extrema debilidad. Sobre todo porque ningún poder fáctico puede determinar bajo amenaza el rumbo que ha de adoptar una sociedad libre.
Es probable que, en su necesidad por convencerse y convencer a los suyos de los frutos obtenidos en los prolegómenos del diálogo formal con el Gobierno, tanto los interlocutores de ETA como los representantes de la izquierda abertzale hayan querido ver en la actitud de Rodríguez Zapatero y en sus pronunciamientos concesiones que le aproximaban a las tesis defendidas por la trama etarra. Ése ha sido siempre el riesgo que han representado los contactos con ETA: que la banda percibiera en el interlocutor gubernamental una disposición abierta al trueque político. Las disensiones que en las últimas semanas hayan podido manifestarse en el seno de la izquierda abertzale posiblemente reflejan, de una parte, tonos de mayor o menor optimismo y, de la otra, actitudes más o menos pretenciosas de cara a las conversaciones con el Ejecutivo y con las demás formaciones políticas. Parece también lógico que sea así. Pero ello no puede convertirse en argumento chantajista para condicionar la actuación inmediata de un Gobierno tan comprometido con la vía abierta hacia el diálogo; ni debe llevar a la sociedad a sentirse concernida por las dificultades que presenta la izquierda abertzale a la hora de aceptar la inexorable realidad. Es posible que el Gobierno no deba hablar más de lo que lo hace. Pero sí es necesario que hable más claro. Lo requiere la opinión pública y lo necesita la izquierda abertzale. No sea que los silencios y los equívocos acaben generando mayor confusión en la sociedad y propicien el envalentonamiento de ETA en un momento tan crucial.