Como sabes, el 28 de junio enterramos a mi madre, Elisa Calvo Pisón, cristiana y católica practicante. La enterramos los familiares, vecinos y amigos. La Iglesia no la acompañó en su último viaje. En nombre de la Iglesia, te negaste a hacerlo. Mi madre fue incinerada para poder cumplir su voluntad de ser enterrada en compañía de los restos de su marido e hijo ya fallecidos. En la misa que oficiaste, previa al enterramiento, dijiste que la Iglesia no permitía realizar las ceremonias religiosas del entierro a un cadáver incinerado. Y le negaste esa liturgia, le negaste la bendición de sus restos y el acompañamiento de la Iglesia, su Iglesia, hasta la tumba.
Y esto por una falsedad, una mentira dicha desde el altar. He consultado a la Delegación de Liturgia del Obispado y su respuesta literal ha sido la siguiente: «La Iglesia, en el rito de exequias, expresa el sentido pascual -paso de la muerte a la vida- de la muerte cristiana y no hace distinción alguna por la forma que hayan decidido: incineración o inhumación».
Por si no bastara con lo anterior, tu actitud durante la celebración de la misa dejó consternados a muchos asistentes por tu frialdad y tu insensibilidad; por la falta absoluta de calor humano, de acogida y acompañamiento espiritual, en cada palabra y cada gesto tuyos.
En ningún momento se mostró el rostro de la Santa Madre Iglesia que acoge, arropa, ama y da aliento a sus hijos. El rostro que tú transmitiste de la Iglesia era impasible, distante y frío, helador.
Todo esto nos hirió. Nos hirió porque estabas hiriendo a nuestra madre, porque estabas despreciando sus restos y su memoria. Ella se merecía el calor y el respeto de una Iglesia en la que siempre creyó. Y tú se lo negaste.
Alguien dijo: «Por sus hechos los conoceréis».
J. Ramón María Calvo
Hijo de Elisa