Lo estamos viendo en el Mundial que mañana concluye en Berlín: El fútbol ramplón, ultradefensivo, de músculo más que de toque, es el que va a triunfar. Todo depende, como decía Boskov, de si la bolita quiere entrar o no en la portería rival.
Futbolísticamente hablando, este Mundial va a pasar a la historia como una competición aburrida, sin fantasía ni juego. Sin chicha ni limoná, que diría un castizo. Incluso las cadenas de televisión tendrán que sudar tinta china para montar en diez minutos los resúmenes de las mejores jugadas.
No obstante, como todo es relativo en esta vida, habrá quien afirme que el de Alemania ha sido un Mundial de fuerza, serio e intenso.
Y es que, no nos engañemos, estamos en un mundo resultadista en el que ganar es lo único importante. Hace años, el corresponsal de guerra Ramón Lobo me comentaba en una entrevista que no conocía a ningún político en el mundo entero -a excepción de Nelson Mandela- que mirara más allá de una legislatura.
Tenía razón. Lo malo es que su sentencia se está extrapolando cada día con mayor ímpetu a todos los ámbitos del ser humano. Es como si la piedra filosofal del éxito a toda costa -anclado en el axioma de que el fin justifica los medios- avanzara hacia la Tierra como el meteorito de Armageddom.
«Mundo es mundo», diría Boskov comparando el esférico enloquecido por la sinrazón del fútbol con la otra esfera, esa Tierra que también gira, a veces, sin ton ni son.