Esta mañana he creído que también podía hacer lo contrario: prolongar un sueño agradable. Una sinfonía increíble de pájaros inundaba mi oído y el olor dulce a hierba mojada anegaba mi olfato, instalándome en un estado de paz absoluta conmigo misma y con el mundo. Pero he abierto los ojos y no era un sueño: había comenzado mi estancia de dos meses en Tricio. Lo digo así porque utilizar la palabra 'vacaciones' en boca de una jubilada sería tan absurdo como cuando la prensa del corazón comenta: «Marta Lávarry; de vacaciones en las Bermudas»; o «la duquesita de Tontoro, descansando en un hotel de lujo de Singapur». Uno se pregunta: «¿vacaciones de qué? ¿Descansar de qué? ¿Si no han dado un palo al agua en todo el año!». Yo, desde que estoy jubilada, canto eso de 'siempre es domingo' y sé muy bien que mis vacaciones son indefinidas.
Y vuelvo a mi realidad actual, tan bonita como el más hermoso sueño. He cambiado el ruido de los frenazos de los coches bajo la ventana de mi dormitorio por el diálogo musical de los mirlos, y he sustituido el humo de los tubos de escape por el olor a trigo recién cortado. Y conste que soy urbanita y que me encanta la ciudad y su ajetreo; y estoy segura de que, tras los dos meses de vida campestre, de cielo incontaminado y de músicas celestiales, volveré gozosa al ruido, al bullicio y al asfalto.
De momento, soy feliz andando libre, sin las vallas rojas y blancas que me encajonaban a diario como si de un eterno encierro sanferminero se tratara. Palabra de honor que no es una crítica contra el Ayuntamiento; recibí tantas cuando estuve allí que nunca haré pasar a otros lo que yo pasé; entre otras cosas, porque ellos y yo lo que queremos es que la ciudad de nuestros amores sea cada vez más guapa y más limpia como el campo que ahora me rodea.