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Martes, 27 de junio de 2006
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OPINIÓN
DESDE EL MIRADOR
Harriet
En estos momentos en los que la expectativa de vida del ser humano se alarga, no por efectos genéticos sino porque la calidad de vida y los avances científicos, sociales y sanitarios permiten que en las sociedades denominadas 'avanzadas' se haya pasado de una expectativa cifrada en 40 años a principios del siglo XX hasta más allá de los 80 años hoy, la lectura de la reciente muerte de Harriet, el animal más longevo conocido, con 176 años, suscita la cuestión del valor de la vida (indudable) y de la muerte.

Parece ser que Harriet fue una tortuga estudiada por el evolucionista Charles Darwin, nacida hacia 1830 en las Islas Galápagos y conducida en 1835 a Inglaterra para recalar, finalmente, en un zoo australiano donde ha existido hasta ahora. La cuestión que origina esta prolongada permanencia vital es doble.

Por una parte, hace reflexionar sobre el valor de la vida en un momento en el que ideologías religiosas, coyunturas socio-políticas, reparto irregular de la riqueza y desequilibrios personales ponen, en demasiadas ocasiones, en manos ajenas a uno mismo la pervivencia natural de un ser humano.

Por otra parte, suscita la pregunta del sentido que tiene alargar la existencia más allá de su ritmo natural, al estilo de Dorian Grey, del protagonista del film La milla verde, o siguiendo planteamientos del libro de J. Saramago Las intermitencias de la muerte, y las implicaciones que tendría el hecho de alcanzar la inmortalidad. Consecuencias al menos a nivel personal en caso de ser selectiva, en tanto cada vez seríamos más viejos, prolongando una vida que, quizás, se parecería cada vez menos a ella, en el sentido de cronificar enfermedades y enfrentarse a la pérdida sucesiva de entornos y personas que han constituido nuestra identidad, sin los cuales deberíamos desprendernos continuamente de lo que hemos sido redefiniendo sucesivamente lo que somos. Consecuencias a nivel estatal en cuanto a la exigencia de una macro-estructura sanitaria, económica y de servicios para atender a los extraordinariamente longevos y sus particularidades. Consecuencias, también, religiosas que reclamarían redefinir creencias básicas sobre las que residen muchos de sus credos.

En fin, tal vez la vida tal como la entendemos cobre sentido con la muerte, en palabras de Malraux, «la muerte sólo tiene valor en la medida que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida», convirtiendo a la inmortalidad en una pesadilla más que en un valor de vida.



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