La realidad, sin embargo, no es, al menos todavía, así de hermosa. El miedo a envejecer sigue constituyendo uno de los temores más extendidos, porque se sabe que el tiempo puede enriquecer el espíritu (y no siempre, ya que la mayoría de los idiotas suelen avanzar en su estupidez), pero deteriora, inexorablemente, las facultades físicas y empeora el aspecto externo. Como recuerdan los poetas, la juventud es un tesoro divino, que los humanos sólo podemos disfrutar durante un espacio de tiempo limitado. Sin embargo, resulta necesario subrayar que los seres humanos disponemos de plenas facultades para empeorar nuestro aspecto físico, que tiene su plasmación efectiva en el estado de la piel. Las ayudas a este deterioro pueden discurrir bien por la vía de la aplicación de productos dañinos colocados por milagreros desaprensivos bien por la vía del abandono. En ambos casos, los perjudicados prescinden de los dermatólogos, que somos los profesionales científicamente preparados para la protección de la piel.
Existe la errónea creencia de que únicamente se debe acudir al dermatólogo cuando se ha detectado un problema en la piel. Por experiencia sabemos que una parte considerable de este tipo de pacientes llegan a nuestras consultas cuando su problema se ha agravado, bien por una demora excesiva o bien por el empleo de alguno de los denominados 'productos milagro' suministrados por personas con escasa o nula preparación científica. Los dermatólogos debemos concienciar a la población de que no solamente nos ocupamos de la piel enferma, sino también de aplicar las medidas y tratamientos necesarios para que la piel sana siga conservando su estado. Este mensaje contribuirá también a desterrar la imagen que nos presenta como poco interesados por la estética e, incluso, como enemigos de ella. A esta percepción se debe contraponer la incuestionable verdad de que la enfermedad es enemiga de la belleza y, por ello, nadie más interesado en la verdadera cosmética y estética que el dermatólogo.
Ahora que tanto se habla de la importancia del buen gobierno y de la responsabilidad social de las empresas, hay que subrayar la importancia de que la industria cosmética responsable y los dermatólogos avancemos por el mismo camino. De esta forma podrán erradicarse productos y placebos dañinos o ineficaces para el buen estado de la piel y que únicamente benefician a quienes venden, cien veces por encima de su precio real, artículos que carecen del mínimo aval científico. Avanzando juntos, los dermatólogos debemos esforzarnos en trasmitir el mensaje de que somos los profesionales científicamente preparados para abordar el tratamiento integral de la piel, tanto sana como enferma, a través de la aplicación de medidas preventivas y terapéuticas.
Miedo a envejecer
Nuestros pacientes tienen miedo a envejecer y tratan de conseguir, por todos los medios, que los demás no aprecien, en su imagen externa, el inexorable paso del tiempo. Los dermatólogos podemos ayudarles a que su piel conserve el buen aspecto hasta el límite de sus posibilidades. Hemos sido preparados científicamente para lograr este objetivo y por ello aplicamos tratamientos eficaces y realistas en nuestras consultas, mientras los milagreros, en el mejor de los casos, venden humo y, en el peor de ellos, agravan o recrudecen la ofensiva patológica contra la piel. Como siempre resulta más fácil conservar lo propio que obtener aquello de lo que se carece, los dermatólogos estamos obligados a recomendar que el cuidado de la piel se inicie partiendo de su estado sano. La conservación del buen estado es siempre más fácil y agradecida que la reparación de cualquier elemento dañado.
Los pacientes que optan por esta consulta precoz al especialista se beneficiarán, además, de consejos y recomendaciones que les apartarán de la tentación de sucumbir a las peligrosos reclamos de los vendedores de remedios sin respaldo científico. Esta cultura basada en la tutela del dermatólogo evita numerosas alteraciones y ataques a la piel provocados por una auténtica legión de productos inadecuados o abiertamente peligrosos, cuyos nocivos efectos detectamos todos los días en nuestras consultas.
Lejos de contribuir a alejar el miedo a envejecer, estos artículos supuestamente milagrosos acentúan esos temores, al convertir a la piel dañada en un desalentador espejo del estado vital que se avecina. Así viene a despellejarse el optimismo que debiera acompañar siempre en ese último tramo vital que hemos dado en llamar envejecimiento. Y que, por su natural condición, es el proceso que mejores compañías y bálsamos mentales y cosméticos precisa.