A Logroño le puede estar pasando lo que a la tía de Gila, que tiró de un padrastro y se peló entera. Murió. Logroño también tiró un primer edificio emblemático y, brooouuummm, como en una carambola de dominó, van cayendo todos los demás. La barbarie allana el terruño, al tiempo que el resto urbanizable avanza de forma inexorable hacia la ciudad corredor, «construida a cordel, como una aglomeración de cuarteles» (Gogol). Sin señas de identidad a pie de calle, vieja o nueva, Logroño pierde su estela para estrellarse en un anonimato atroz; su cola emocional, la parte más brillante y entrañable, muere, según sale. A algunos aviones les ocurre lo mismo y, sí, siguen volando, pero ya no se les distingue ni aprecia.
En Logroño, muy pronto, nadie recordará nada porque nada recordará a nadie, ¿o se dirá 'naide'? Cierto que los muros no lo son todo para una realidad pueblerina, pero evocan momentos pasados, no necesariamente mejores, que traen a la memoria sensaciones íntimas que dejaron su rastro. Bonito, ¿recuerdan? Bien, pues vayan aparcando el corazón, que hay sitio abajo, y mucho. El desarraigo ha clavado sus raíces en la capital riojana, malogrando la frágil memoria de su conjunto, menos histórico que nunca. La piedra de postín aguanta bien el mal de la piedra, pero lleva mal los embates de la ignorancia supina y la planificación moderna. La velocidad con que se pasa de 0 a 100, allá «donde la ciudad pierde su nombre», un decir que decir de Oriol, encuentra competidor en la aceleración inversa, de 100 a 0, con la que el centro histórico-residual borra sus huellas, eso sí, sin dejar de atiborrar bolsillos de toda orden. Se condenan edificios plenamente vigorosos, más valiosos muertos que vivos, como recordaba el señor Potter a un desesperado George Bailey en ¿Qué bello es vivir!, y se mantienen vivos otros de papel de estraza que valdrían mucho más bajo tierra. ¿Ay, qué pocos diplodocus conservarían sus icnitas vivitas y coleando de haber pisado en esta muy noble y muy jurásica villa!
Sin remontarnos al cretácico, Chueca Goitia, dinosaurio con pedigrí del urbanismo español, cifraba, hace casi treinta años, la destrucción del legado de Logroño en siete sobre diez. Quizás, con unas recalificaciones extemporáneas, la calificación subiría a sobresaliente. Y cabe preguntarse, ¿quién acosa a Logroño, haciéndole barrer sus huellas a pasos agigantados? ¿Quién se la mete, la prisa, digo, de tirarlo todo? No me conteste todavía, hágalo después de la publicidad, la publicidad del dinero que tanto atrae, haciendo olvidar a los futuros huérfanos que, cuando al dinero se le concede más importancia de la que merece, el resto de valores se deprecian. Mejor nos iría si siguiéramos la devaluación inversa que recomienda Stefan Zweig en su mundo de ayer, cuando «gracias al inesperado hecho de que la cosa antaño más estable, el dinero, perdiera valor cada día, la gente empezó a apreciar cada vez más los auténticos valores de la vida: el trabajo, el amor, la amistad, el arte y la naturaleza».
Pero los gritos del mundo de hoy son otros. Tengamos el expolio en paz, es uno de ellos, y ¿abajo la piedra, arriba el cartón piedra!, otro. Tras el atracón de demoler todo lo habido y por haber, se nos montan belenes horteras, cutres y caros, no siempre se dan las tres bes, con réplicas de los escasos hitos monumentales que titilan todavía en pie, reproducciones en cartón piedra que algún avispado edil ha reconocido ya como parte del basto patrimonio logroñés, éste con be. Eso sí, posiblemente, sobrevivirán a sus modelos. ¿Oigo lloros ahora? Perdónenme, nunca creí que fueran tan sementales como Gila.