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Viernes, 16 de junio de 2006
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OPINIÓN
TRIBUNA
Extraños colegas
Este tiempo atrás, el conocido polígrafo riojano don Taquio Uzqueda abordaba aquí, con el desenfado que le caracteriza, la relación entre médicos y pintores; concluyendo que éramos colegas. No vengo a desmentir ese compañerismo, del que tan a menudo me beneficio, sino a poner de manifiesto que es más lo que nos diferencia (el médico es un técnico; el pintor, un artista) que lo que nos asemeja. No obstante, he de decir que algunos de mis mejores amigos militan en ese colectivo, y que su quehacer es lo que mejor logra sacarme del ensimismamiento profesional; porque siento, como Palazuelo, que el arte nos ayudar a soportar la sinrazón de la vida.

Cuatro brochazos daré -con algo menos de ligereza también podría dar cuarenta- para abocetar, en el marco de lo dicho, en qué se sustenta nuestra relación. Los médicos les proporcionamos la penicilina para desinfectar las obras de arte, los rayos X para descubrir los cuadros falsos, y todo nuestro saber para sanarlos de ciertas patologías a las que son propensos, tales como los cánceres de vejiga, los infartos de miocardio y los trastornos afectivos (cuyo origen reside en mecanismos parecidos a los procesos cognitivos implicados en la creación). Ellos, por su parte, han posibilitado la arteterapia. Así, nos enseñan sus procedimientos (collages, pintar con los dedos, dibujar con lápices de colores o moldear arcilla), que los oncólogos del Nothwestern Memorial Hospital, de EEUU, aplican para dar energía, mejorar el dolor, la depresión, la ansiedad o la somnolencia a los enfermos de cáncer; y los psiquiatras de algunos centros, para mejorar la integración social de los enfermos mentales (seres verdaderamente creativos que, como los niños y los hombres primitivos, al no tener condicionamientos se expresan de forma sencilla).

Ateniente a lo anterior, la National Gallery londinense ha patrocinado el proyecto Take Art, por el que presta láminas de arte de los grandes maestros para poner junto a las camas hospitalarias y permite la crítica de los enfermos acerca de las mismas, contribuyendo así a mejorar su calidad de vida. Pero conviene no confundir la verdadera arteterapia con la que nos propone doña Nela Escalera en la muestra Cepas con corazón, vino con alma, expuesta ahora en Electra Riojana Gran Casino, propia de la sección de pasatiempos del suplemento semanal de cualquier periódico o de un curandero obsceno.

Y aunque, con su artículo, mi amigo Uzqueda haya rociado de almíbar a los sanitarios, es poco probable que ello vaya a producirle rédito alguno. Como, por edad, es candidato a ciertas exploraciones preventivas, no espere que el profesional de turno vaya a tratarle de colega. Exactamente lo mismo que a los que sí lo somos, le ordenará colocarse en posición genu-pectoral y... Si cuando sienta la próstata a la altura del nudo de la corbata ve la Madona de Fra Angélico, con estrellitas y todo, es que el médico también es artista. Si, por el contrario, la visión es de un escalofriantemente surrealismo expresionista, como un homúnculo de Bacon, o de un desgarrador conceptualismo, como alguna fotografía de Mapplethorpe, es que le ha tocado el médico del dedo zamborotudo; el que no es artista, vamos.

Lo que tendrían que procurar los urólogos es no ponernos de rodillas, que es como dicen se ponía el Giotto cuando pintaba el cielo. Y quienes escribimos de lo que nos es ajeno, proceder con la unción que lo hacía el introductor del realismo y del nuevo humanismo en la pintura cuando en sus cuadros trataba de tejas para arriba. O no hacerlo. ¿Colegas dijo?



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