RODRÍGUEZ Olé por todos los que participan. Olé, olé y olé. El pensamiento es del domingo noche. San Bernabé, en torno a las nueve, Plaza de Martínez Zaporta. Unas cincuenta personas con pantalones a rayas azules, camisola roja, pañuelo, banda de música y coreografías caseras. Una peña. Ambientazo, cerveza a raudales y 'El Taburete' saludando al personal. «Sin esta gente, la fiesta se muere», me dice un colega. Así dicho
Tampoco parece demasiado sacrificio salir de fiesta, bailar, ir a los toros, ligotear, beber, Pues lo es. Hay que estar. Hay que quedarse en Logroño (fuera el morenito de Salou y las siestas interminables, babilla incluida). Y dar el callo en citas coñazo que nada tienen que ver con el jolgorio. En esas, en la euforia del momento, Plaza de Martínez Zaporta, nueve de la noche, peña, a punto estuve de gritar ¿Olé, olé y olé! Por los peñistas, por los participantes (sí, sí, lo importante es participar). Por los que se arrancan de pequeñitos como voluntarios en el colegio; los que se presentan a delegados del curso; los que en la Universidad lideran alguna organización; los que montan las cenas, cuentan al personal y preguntan ¿chuletillas o merluza?; los que el primer año de comunidad se ofrecen como presidentes (¿Ay!, quién les pilla de nuevo, pardillos); los que en la asociación de vecinos llevan la voz cantante; los que lideran las organizaciones profesionales y asumen al momento que siete de cada diez compañeros de profesión les criticarán por protagonistas; los que prefieren no 'pasar' y reprochar al superior lo que no funciona; los que tienen la ilusión de militar desde jóvenes en alguna organización política (los fresquitos, los que no están maleados y todavía pierden dinero en móvil con las llamadas a 'compañeros' de partido). Esos organizadores a los que el resto solemos tachar de listillos. Olé, olé y olé. Sin ellos (mal vistos muchas veces), en esta sociedad del individualismo y la perrería, muchas cosas no funcionarían.