El lunes de San Bernabé, esa fecha tan artificialmente festiva como carente de atractivo para echarse a las calles logroñesas, me llegué con mis niñas hasta las Barracas -ahora llamadas el Ferial- por aquello de cumplir con el patrón. Miles de logroñeses, peruanos, ecuatorianos, colombianos, rumanos, pakistaníes y marroquíes tuvieron la misma idea y a la misma hora. Sorprendente. Como si el denso programa programado por la municipalidad no diera de sí, al menos, para habernos repartido, unos aquí, otros allá y otros más acullá.
Salvo tal coincidencia, nada me sorprendió. Las Barracas perdieron su magia el día que se las llevaron al culo de la ciudad, allende los puentes. El mismo día en que empezaron a llamarlas el Ferial, denominación reservada a los lugares con solera donde se celebraban antaño las ferias agrícolas y ganaderas. Y que me explique García Turza qué coño de mercado ha tenido como marco alguna vez el aparcamiento de los campos de fútbol del maldito Mundial 82 (y no me vale ese pseudorastrillo dominical de hace tres días).
Como buen padre, me presenté dispuesto al sacrificio. Lo mismo que un 'vitorino' al pisar el ruedo. Tan igual, que no tardé cinco minutos en recibir el primer puyazo en todo lo alto: dos euros y medio por media docena, no más, de vueltas de tiovivo con mi niña dirigiendo majestuosa el camión de bomberos. La segunda y la tercera vara llegaron de seguido. Ahora una mini noria y luego, qué se yo.
De la estocada final me salvó un oportuno 'me da susto, papá', porque en el tren de la bruja cada viaje cuesta lo de dos (los niños no viajan solos con las brujas hasta que no son mayores), y el recuerdo de la bazofia que justo un año antes me había costado un riñón en uno de esos mesones ambulantes donde, estoy seguro, alguien se parte el pecho cada vez que sirve una salchicha de dudoso pedigrí a precio de caviar Beluga.