A los españoles nos gusta la calle. Para pasear y para tomar cañas, por supuesto, pero también para quejarnos, protestar y chillar. La segunda Encuesta Social de la UE asegura que somos los europeos que más nos manifestamos. Nos siguen, a kilómetros de distancia, los ucranianos y los islandeses, que ya tienen mérito, con el frío que hace por esos países de Dios. La encuesta habla de cantidades: el 34% de los españoles se manifestó en el 2005. Por desgracia, no dice nada de la calidad y la variedad de las movilizaciones; ahí seríamos la envidia de Europa. Porque en los últimos tres años, y cito de memoria, los habitantes de este país han tomado las calles (cojan aire) contra el 'Decretazo', contra el 'Prestige', contra la Guerra de Irak, en duelo por el 11-M, contra las 'mentiras' del Gobierno del 11 al 14 de marzo, a favor de las víctimas, contra la negociación con ETA, contra el 'Estatut', a favor del 'Estatut', contra la Ley de Educación, por la familia y contra los derechos de los homosexuales, a favor de los derechos de los homosexuales, por la abolición de la deuda externa, contra el empleo precario, por una vivienda digna...
Dice el informe europeo que tanto amor a la pancarta tiene que ver con la ancestral desconfianza de los españoles en sus políticos. O sea, que los ibéricos, hartos de la ineficiencia gubernamental, nos decidimos a tomar cartas en los asuntos públicos porque estamos comprometidos con nuestra sociedad. Pues qué quieren que les diga, señores investigadores; ojalá, pero pecan de optimismo. Que la manifestación, me parece a mí, se ha convertido para muchos (ojo, no para todos) en un acto social, como tomar el aperitivo: hace sol, nos encontramos con la familia y encima se nos queda buena conciencia. Cuando ETA mató a Miguel Ángel Blanco, 50.000 personas salimos en Logroño. Y a cuatro chiquejas les oí comentar: «Qué guay es esto de las manifestaciones. ¿Podría haber más!». Nueve años después, seguro que están encantadas.