Entonces, cuando todo el mundo esté de fiesta y mis amigos lleven un par de cervezas en el cuerpo, yo pondré cara seria, sacaré mi libreta e iré exigiendo disculpas. Uno a uno, demandaré a todos los cenizos que conozco una rectificación pública y notoria, un acto de contrición sincero y un definitivo propósito de enmienda. Y ya veré si decido imponerles alguna penitencia.
Porque estoy harto. Estoy harto de ese afán autodestructivo que todo español parece llevar dentro y que ahora, en pleno Mundial, estalla con toda su crudeza. Me molesta toda esa gente que se pasea por la vida con aire suficiente y escarba con placer sádico en las miserias de la selección: «Este año, no pasamos de la primera fase», dicen. «Como siempre, en cuartos a casa», dicen. «Raúl está acabado para siempre», dicen. «Como nos coja Brasil, nos hace un ocho», dicen. Hablan, hablan y hablan con la impunidad del falso profeta. Si, por desgracia, se cumplen sus previsiones, saldrán a la calle más tiesos que un espárrago y luciendo media sonrisilla sardónica. No perderán ocasión de exhibir sus dotes humorísticas haciendo leña del árbol caído y finalizarán sus ironías con el estrambote más enojoso que existe: «Ya te lo decía yo». Si se equivocan y España acaba ganando, jamás reconocerán su error: se camuflarán en la fiesta como un aficionado más, gritando, aplaudiendo, botando y -ahora sí- animando. A posteriori.
Pero esta vez no se saldrán con la suya. He ido anotando sus nombres y les exigiré disculpas públicas. Por cenizos.
A por ellos, oé.