Fernando Baroja lo sabe bien. Cuando llegó aquí, los habitantes de la localidad le miraban como si acabara de aterrizar un extraterrestre. La primera impresión, provocada por los estereotipos que los occidentales traen también en su maleta, cambió en cuanto asimiló el especial biorritmo de estas gentes. «Ver cómo andan en bicicleta explica como son», describe gráficamente. «Las pedaladas son suaves pero constantes; se alteran rara vez y mecanizan sus gestos. Poco a poco hacen mucho y teniendo en cuenta los millones de habitantes que tiene este país...»
Si en Liaochen o Jinan, otras dos de las ciudades de la provincia de Shandong por las que ha pasado la delegación riojana, se percibe una diferencia notable respecto a la fastuosidad de Shanghai, en Heze las distancias se marcan mucho más aún. Esta es la China de las películas clásicas, de plano fijo y diálogos parcos. No ofrece ninguna postal prefabricada. Su exotismo está en los mercadillos que pueblan las calles, los grupos sentados a ras de suelo a la puerta de casas destartaladas, los agricultores que se observan a lo lejos recolectando grano a grano el trigo, los niños que saludan al extranjero con una sonrisas perenne en la cara. Raúl Celorrio lo tiene claro: «El que no ha paseado en bicicleta por el campo en China no conoce este país».