Fuese por el nuevo formato del debate, que obligó a Rajoy a realizar intervenciones excesivamente breves (y que suscitó una agria polémica entre el portavoz popular Zaplana y Marín, el presidente de la Cámara), o a otras causas, faltó ayer simetría en el cara a cara Zapatero-Rajoy. El líder de la oposición, tan inflamado y vibrante hace un año, estructuró ayer su principal intervención en tres partes: una toma de posición escueta en relación al diálogo con ETA, en los términos conocidos, una crítica genérica y algo desvaída a las políticas concretas del Gobierno, y una censura honda y doliente a Zapatero por haber impulsado a su juicio grandes dosis de incertidumbre -entre otras razones, por haber quebrantado todos los consensos- y por haber sembrado a su entender la discordia, por haber desatado tensiones innecesarias que no existían. Este reproche, fundado en algunos hechos objetivos (el Pacto del Tinell y el mencionado eslogan del PSC), y replicado por Zapatero con el argumento de las cuñas radiofónicas sobre el Estatuto lanzadas por el PP en Andalucía, explica objetivamente la difícil relación entre ambos líderes y las escasas expectativas existentes en la formación de ciertos consensos necesarios, el territorial en primer lugar.
Todas las fuerzas políticas, aun las más cercanas al PSOE, calificaron la intervención inaugural del Zapatero de irreal y autocomplaciente. La visión idílica de la situación que tiene Zapatero y la cargada de sombras de las fuerzas de oposición se conjugan en la conocida realidad ambivalente, matizada por claroscuros en casi todas las materias. E infortunadamente, el debate no sirvió para forjar alguna síntesis constructiva, ni en los diversos ámbitos políticos ni en la cuestión territorial, donde los reproches no dieron paso a la menor tentativa de sentarse a hablar para buscar lugares comunes. Por añadidura, Zapatero dio a entender que han pasado los tiempos de que la política autonómica pueda ser diseñada por los dos grandes partidos; craso error, que si se confirma otorgará a los particularismos periféricos una eminencia que no merecen.
Tampoco el tramo del debate dedicado a las minorías fue atractivo ni iluminador. El cambio de aliados del PSOE quedó apenas apuntado, toda vez que el presidente Zapatero trató a ERC con guante de seda y CiU no forzó las definiciones. Claramente, la política de alianzas en Cataluña no adquirirá visibilidad alguna hasta después de referéndum del día 18 sobre el Estatut.
El debate, que ha servido al Gobierno para formular numerosos anuncios -entre ellos, el sorprendente de que Zapatero todavía piensa intentar la reforma constitucional, en los términos dictaminados por el Consejo de Estado, y que no tiene la menor posibilidad de prosperar dado el actual clima de las relaciones políticas-, pasará esta vez sin pena ni gloria por los filtros de la opinión pública como una cuestión de mero trámite. En vísperas del referéndum catalán, en el que el principal peligro -desde el punto de vista de las principales fuerzas catalanas- es la abstención por el hartazgo de la ciudadanía ante el desastroso proceso estatutario, el debate de política general no ha sido de los que generan afición. Más bien al contrario: entre marrullerías y estratagemas parlamentarias, sus señorías se han sacado puerilmente los colores, han recalcado sus animadversiones antiguas, han explotado las capacidades comunicativas de la televisión y han ofrecido, en fin, un espectáculo pobre, completamente ajeno a la idea del bien común y escasamente productivo para este país. No se debería jugar tanto el juego de utilizar las grandes palabras para gestionar tanta mediocridad.