El champiñón chino lo tiene crudo. Si supiera lo que le espera, mutaría su aspecto amable por la criminal presencia de la amanita phalloides, que, al fin y al cabo, entre hongos andaría el juego. Él, de momento, ya es un experto usurpador de identidades capaz de hacerse pasar, sin el menor recato, por champiñón español. Como ni tiene ojos ni habla, a ver quién es el avezado sexador de champiñones que descubre no ya su sexo, sino su nacionalidad. O al menos eso pensaba el incauto.
En febrero pasado, el Gobierno de La Rioja «destapó» un caso de entrada ilegal de champiñón chino a España. No de un champiñón, claro. Ni más ni menos que 45 toneladas se habían colado. Y la Administración regional puso el grito en el cielo y la denuncia en la Prensa en su obligado celo por defender al sector.
Lástima que, de aquello, sólo se llegara a saber después que una «importante comercializadora» riojana estaba en el ajo. Aserto del presidente de la Asociación de Cultivadores nunca desmentido ni desdicho.
Siempre he sido de la opinión de que, en casos como éste, es saludable hacer público el nombre del chanchullero, so pena de acabar metiendo en el ilícito tejemaneje a un buen capazo de semejantes legales y muy legales. Entonces no se hizo y siempre nos quedaría la duda de no ser por la decidida y valiente actuación del Ejecutivo regional que este sábado envía una misión a la mismísima China de Hu Jintao con el mismísimo Pedro Sanz a la cabeza.
Porque, declaraciones oficiales al margen, no me cabe duda de que el objetivo final y secretísimo de la misión es descubrir al champiñón chino en su propio hábitat para cogerlo por el himenóforo y dejarlo sin ganas de volver a pasarse por el auténtico Agaricus bisporus riojano y español. Ahí es nada. Y de paso, sólo de paso, si la comitiva institucional se entera de la identidad de la empresa fullera que estaba en el asunto, que nos lo cuente. Digo. jadelrio@diariolarioja.com