Debía de llamarse Cristóbal (el que lleva a Cristo), aunque algunos dicen que se llamaba Cristóforo y era hijo de un tal Doménico y de Susana Fontanarossa. Pudo ser portugués, castellano, catalán, mallorquín, genovés, judío, gallego o ibicenco. Se empeñó en que se podía llegar al Este navegando por el Oeste y, hasta que no volvió loco a María Santísima, no paró en su empeño. Toda su historia está medio perdida entre las brumas del misterio, un misterio en el que se desenvolvía a las mil maravillas. La Corona de Castilla pagó el viaje del Descubrimiento: falso; lo pagaron, entre otros, los ciudadanos de Palos, Luis de Santangel y el propio Cristóbal. Isabel, para facilitar la puesta en marcha del viaje transoceánico, empeñó sus joyas: falso; hacía meses que estaban empeñadas en Valencia. Iban en tres carabelas: falso; fueron en dos carabelas y una nao. Suyo fue el mérito de encontrar las tripulaciones: falso; a nuestro hombre no lo conocía ni Blas, de no haber sido por los Pinzones, todavía estarían armando las naves. Dijo que no sabía a donde iba, pero que, por sus profundos estudios...: falso; en las capitulaciones que firmó hablaba de «esas tierras ya descubiertas». Rodrigo de Triana gritó -¿Tierra!- un doce de octubre de 1492: falso, no había ningún Rodrigo de Triana embarcado en el primer viaje. Llegó al Cipango (Japón): falso; llegó a una isla del Caribe que se llamaba Guanahaní. Los frailes bendijeron las primeras tierras descubiertas: falso, en el primer viaje no iban frailes. Para no tener problemas a su regreso a la Corte, hizo firmar y jurar por Dios a toda su tripulación que la actual Cuba era tierra firme: falso, Cuba era y es una isla. Dejó en el Fuerte de Santamaría a una treintena de hombres, para que aprendieran la lengua de los nativos: falso; la Santa María se le fue a pique y al no caber todos en las otras naves, tuvo que abandonar a su gente a la buena de Dios. Volvió a España; fue a Barcelona a ver a los reyes y les dijo que había llegado al Cipango: falso; nunca llegó a los países del Preste Juan, no pasó del caribe y es muy probable que nunca pisara el continente americano. Murió el veinte de mayo de 1506, en Valladolid: cierto; hoy justamente hace quinientos años y nunca supo que no había llegado ni a China ni a Japón. Ya veis, querido lector: ¿qué no te enteras, Contreras. Así se escribe la historia. Bueno, Julio majo y ¿a qué viene toda esta sorprendente milonga? Pues que a mí me parece que la historia se repite y se lo quería contar. ¿Y que, vamos a volver a descubrir América? No, si todo esto a lo que me recuerda es a nuestro gobierno del buen talante. ¿No fastidies! Pues va a ser que sí porque fíjate, estos iluminados, con nuestro dinero, se ha empeñado en ir a un sitio, hacia el que muchos no queremos ir y del que algunos de nosotros no vamos a volver; cuando nos dicen que ya hemos llegado, todavía no saben donde estamos, y cuando ya estamos volviendo, tampoco tienen ni puta idea de donde venimos. ¿ Pues estamos buenos! Aunque, eso sí, con muy buen rollito, que para eso nos hemos inventado lo de la Alianza ésa y ahora por fin en lugar de gringos, ingleses y alemanes ya somos ¿amigos? de los bolivianos, los venezolanos y los cubanos. ¿Es que hay que celebrar el quinto centenario de la muerte del almirante! Por eso será... será por eso.