La exposición 'La mirada', inaugurada ayer en la Sala Amós Salvador, repasa medio siglo de imágenes de España captadas por el fotógrafo almeriense
El fotógrafo mira al niño, el niño al fotógrafo y ahora nosotros, espectadores, volvemos a mirar al niño. Un hilo invisible traza esa mágica espiral en La mirada, la extraordinaria exposición de Carlos Pérez Siquier que ayer inauguró Cultural Rioja en la Sala Amós Salvador de Logroño.
«Yo primero hago la fotografía y después la pienso -explica el autor-. Soy un fotógrafo más intuitivo que reflexivo. Salgo a la calle y los objetos salen a mi encuentro. Busco el momento mágico, que no siempre sucede con la frecuencia que uno quisiera; quizás tres o cuatro imágenes al año que firmas sin vergüenza. Es una cosa muchas veces fortuita, porque la forma se pone en su postura dependiendo de diversas circunstancias: la luz, el encuadre, el color, la combinación, la armonía una serie de cosas que hacen que un objeto aparentemente banal se pueda convertir, a través de una mirada que sabe interpretar todo eso, en una obra que comunica algo a los demás».
Pérez Siquier ha sido pionero a lo largo de toda su carrera. En 1956 fundó con José María Artero el grupo Afal (Agrupación Fotográfica Almeriense) y la revista del mismo nombre que sobrevivió hasta 1962, y que aglutinó a una generación de excelentes fotógrafos (Masats, Terré, Cualladó, Ontañón, Miserachs, Paco Gómez, Maspons...), «núcleo de la fotografía moderna española» -como la describió ayer en Logroño Mauricio D'Ors, comisario de la exposición-, y dio a conocer la fotografía española en el extranjero. En el 2003 fue galardonado con el Premio Nacional de Fotografía.
Su obra nos afecta en la medida en que es la historia misma de lo que somos. Desde los oscuros y sórdidos años de la posguerra (La Chanca), pasando por el desarrollismo de los sesenta (Color del Sur) hasta llegar a la España de hoy (Almería-Granada-Sevilla), el trabajo de Pérez Siquier es un catálogo del camino andado en el último medio siglo.
«En La Chanca -cuenta sobre su obra maestra- traté de plasmar la dignidad de aquellas personas que vivían en ese barrio marginal con unos medios adversos. Hice las fotos mezclándome con aquellas personas, no siendo un intruso y participando de sus problemas. Por eso las fotos tienen un valor que salta de mi visión y de lo puramente estético: es su autenticidad. Y esa autenticidad da a las fotos permanencia. Como trozos de vida, son fotos intemporales». Como si la vida, resbalando por aquella espiral, nos devolviese la mirada.