Daba cuenta el periódico de cómo este nuevo logro en infraestructuras había sido posible gracias a unos «rectores conscientes» y al apoyo económico de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja. Como siempre sucedía en estos actos proliferaron por doquier las autoridades de todo tipo, entre las que destacaron el delegado de la Subcentral de la Caja en Logroño, D. Emilio Peña, acompañado del secretario Don Francisco Oliver. Por parte del pueblo no podían faltar el Sr. Alcalde, D. Rufino Balmaseda y el jefe de la Hermandad de Labradores y Ganaderos, D. Aurelio Ruiz.
Dentro de la peculiar amalgama de política y religión que fue el franquismo no había acto inaugural sin misa, liturgia en el que el párroco en «el momento del Evangelio» aprovechó para agradecer la ayuda de la entidad financiera que había apoyado la iniciativa del pueblo. Puede que hoy el señor cura se hubiera llevado una buena filípica por mezclar los asuntos de Dios con los del César o, más bien, por hacer lo que hoy se llama publicidad encubierta. Al final, y para dicha de toda la villa riojana la cosa acabó como era de esperar con bendición del cargadero y suculento banquete en el local de la Hermandad de Ganaderos y Labradores.
Vertiginoso método lector. El maestro riojano Gregorio Aragón era entrevistado en el diario por haberse hecho merecedor de un gran éxito en el Certamen de Técnicas Rápidas de Lectura celebrado en Madrid en 1954 al ser uno de los tres elegidos de entre treinta propuestas presentadas. Tanta fue la repercusión del citado método, titulado Alas del lenguaje, que había vendido ya tres ediciones.
No cabe duda de que tal éxito de un paisano debía ser motivo de orgullo para toda la provincia, aunque hoy por hoy nos resulta un poco difícil entender en que consistía tal método basado, según el diario, en la mezcla de fonética e impresiones visuales de las palabras que originan los «fonemas base» denominadas «generadoras». Ahí residía el truco del almendruco, para que luego dijeran los envidiosos extranjeros que España era un país atrasado.
Espectáculos. Visitaba Logroño aquel día uno de los gigantes de la canción española más queridos y venerados por la memoria popular, como era Antonio Molina que hizo las delicias de todos los asistentes al Teatro Bretón con su espectáculo Garbo.
Mientras, los que preferían el cine podían presenciar en el Avenida El secreto de los incas, una película que, aunque según el crítico del diario no podía describirse como trepidante, atraparía a más de uno con la promesa de una exótica expedición en busca de un tesoro fabuloso llamado «la piedra del sol». La cosa no prometía demasiado pero cumplía con creces la función de entretener en una ciudad y un tiempo en el que la oferta cultural no era precisamente demasiado boyante.