La democracia pluripartidista permite magníficamente el control y la crítica del poder. Cuando la ocasional mayoría surgida de las urnas y que ocupa las instituciones yerra o se pervierte, las minorías efectúan la correspondiente profilaxis mediante la pertinente denuncia ante la opinión pública, que ejercerá el supremo arbitraje en las siguientes elecciones. Y ello fuerza a quien ha cometido un error a aceptar las correspondientes responsabilidades políticas para tratar de minimizar el daño.
La sinrazón ocurre cuando el desaguisado es antiguo. Tan antiguo que los principales partidos se han contaminado con él. Es el caso, por ejemplo, de la descomunal estafa de Afinsa y Fórum Filatélico, empresas que tienen tras de sí una trayectoria de veinticinco años. Es decir, fueron creadas en tiempos de González, medraron sin problemas durante los ocho años de Aznar -al parecer, la Agencia Tributaria tuvo ya sospechas en el 2003- y el escándalo ha sido destapado ahora. Tarde y mal.
En estos casos, se cierne un silencio espeso sobre las fuerzas políticas, que no tienen legitimidad para criticar al adversario. Y en lugar de reconocer paladinamente que los partidos han quedado en evidencia, los líderes urden complicadísimos discursos para escurrir el bulto y distraer al personal. Falta de decoro se llama la figura.