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Sábado, 6 de mayo de 2006
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OPINIÓN
TRIBUNA
Culpas
Las personas lo somos porque además de seres singulares, individuos, formamos grupos en los que nos relacionamos con otros y dentro de los cuales desarrollamos nuestra personalidad. Nuestra biología nos sitúa dentro de las especies sociales, pero es que además hemos desarrollado una cultura, a través del lenguaje y el pensamiento, que sólo adquirimos a través de un largo proceso de aprendizaje e imitación en las comunidades donde se va configurando nuestra existencia.

Los grupos en los cuales nacemos y a cuya evolución contribuimos, son también sujetos morales, capaces de practicar el bien y el mal, de beneficiar a sus componentes o a los de otros grupos o por el contrario de causarles daño. Ante estas acciones, sobre toda de las perniciosas, los entes sociales pueden y reaccionan como las personas de carne y hueso.

A menudo, los grupos tienen una actitud paranoide: incapaces de reconocerse imperfectos, niegan el fallo, echan la culpa del mismo a los otros, se sienten perseguidos, minimizan sus efectos comparándolos con la perversidad de sus competidores. Es la mala fe, la inquina de sus rivales las que les atribuyen maldades que no han cometido o que se han visto obligados a hacer como mera defensa frente a los ataques injustificados que reciben. Y si nuestro grupo ha cometido alguna injusticia, los demás, sobre todo los rivales, las cometen mucho mayores. Entre partidos políticos ese es el máximo contenido de sus recursos dialécticos: poner a parir al contrario.

No es tan frecuente, porque el orgullo grupal suele ser bastante eficaz, pero hay ocasiones en que advertimos como ciertas agrupaciones desarrollan un complejo de culpa. Viven atenazadas por sus errores, reales o ficticios, rememoran sus fallos una y otra vez, viven paralizados por la conciencia de culpa, incapaces de enfrentarse a sus responsabilidades pasadas o las que les depara el devenir histórico. Esto puede acarrear vergüenza para gran parte de sus miembros, abandonándolos u ocultando su pertenencia a los mismos. Así, en la historia muchos grupos han acabado o desapareciendo o vegetando en una parálisis irreversible.

Un grupo humano adulto moralmente es capaz de reconocer sus errores y aprender de ellos. Puede admitir los que ha cometido, encararse con ellos y asumir la responsabilidad hacia los perjudicados. No pierden el tiempo en echar culpas a otros ni en torturarse por su pasado. Guardan memoria de los males cometidos para no reincidir en ellos. Saben que el olvido y echar tierra sobre la injusticia no es buena semilla para el futuro. Y tienen la gallardía para disculparse de sus fallos, sin pretender encubrirlos.



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