Mladic, que se esconde en Serbia, fue uno de los responsables principales de la masacre de Srebrenica -en 1995- en la que 8.000 bosnios musulmanes fueron ejecutados y es también -junto a Radovan Karadzic- uno de los máximos exponentes de la locura nacionalista que condujo al desastre en el que derivó la desmembración de la extinta Yugoslavia. Su captura, como lo fue la de Milósevic, y lo es la de Karadzic, es considerada por la UE como el gesto inexcusable de que Serbia ha superado aquella etapa y, por ello, la Comisión ha decidido actuar en consecuencia; como lo ha hecho automáticamente el viceprimer ministro serbio y negociador con la UE, Miroljub Labus, al anunciar su propia dimisión, acusando a su Gobierno de traicionar los intereses de los ciudadanos. Lamentablemente, la salida de Labus podría propiciar otras dimisiones y forzar elecciones anticipadas, que posiblemente serían ganadas por los nacionalistas, dispuestos a gobernar en coalición con los socialistas, partidarios de Milósevic. Pero permitir que el Gobierno de Belgrado siguiese eludiendo su responsabilidad era ya inaceptable.
Serbia -o mejor dicho, el ala más recalcitrante de su Gobierno- se aleja voluntaria y conscientemente de la UE bien porque es incapaz de romper con la parte más oscura de su reciente pasado o puede que incluso porque con la paralización de su acercamiento a Europa, Belgrado hace disminuir las posibilidades de otros pequeños Estados balcánicos, especialmente en lo que respecta al futuro de la -todavía- provincia serbia de Kosovo, cuya mayoría albanokosovar busca abiertamente y bajo los auspicios de la ONU abrir un proceso negociador que les lleve a la independencia, algo de difícil asunción para los serbios por lo que para la minoria serbokosovar de la región supondría.