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Martes, 2 de mayo de 2006
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Omega-3, fuente de salud
El consumo de estos ácidos grasos es imprescindible para el buen funcionamiento de nuestro organismo
En la 55ª sesión científica anual del Colegio Americano de Cardiología celebrado en Atlanta (EEUU) el pasado mes de marzo se presentó un estudio en el que se había seguido durante siete años a un grupo de pacientes con y sin infarto previo. En ambos grupos se constató una mayor supervivencia entre aquellos que habían tomado suplementos de omega-3 o aceites de pescado, por lo que desde ese organismo se recomienda su consumo habitual. Ésta es la última de múltiples evidencias contrastadas que realzan la importancia que tiene en nuestra vida el aporte de ácidos grasos omega-3. Pero, ¿Qué son exactamente los omega-3? ¿Productos dietéticos? ¿Fármacos? ¿Deben ser consumidos por la población sana o por quién padece alguna enfermedad? Intentaremos contestar a estas y otras cuestiones a lo largo de este artículo.
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¿QUÉ SON LOS ÁCIDOS GRASOS OMEGA-3?

La grasa que contiene nuestra dieta está constituida por unas partículas más elementales denominadas ácidos grasos. Éstos pueden ser de tres tipos: saturados, como los que contienen las carnes rojas, monoinsaturados como el principal componente del aceite de oliva y poliinsaturados como los aceites de semillas (girasol, maíz...) o de pescado (Ver tabla 2).

Hay tres tipos de ácidos grasos omega-3: el ácido alfa-linolénico presente en determinadas plantas y aceites vegetales (ver tabla 1) y los ácidos eicosapentanoico (EPA) y docosahexanoico (DHA) muy abundantes en el pescado marino, o de aguas dulces pero frías, así como en el marisco. Se han hecho estimaciones del contenido de estos ácidos grasos en dichos animales, si bien su concentración depende de la época del año y del momento del ciclo vital (Ver tabla 2).

ACCIONES DE LOS OMEGA-3 EN EL CUERPO HUMANO

Los omega-3 son imprescindibles para el buen funcionamiento de nuestro cuerpo. Sin embargo, los humanos no podemos sintetizar bien en nuestro organismo estos ácidos grasos. Por ello, nos vemos obligados a obtenerlos mediante el consumo de ciertas plantas, del pescado, o mediante suplementos elaborados por la industria alimentaria o farmacológica. En una simplificación para entenderlo mejor, equipararemos aceite de pescado (EPA y DHA) con omega-3.

Los ácidos grasos omega-3 actúan fundamentalmente en la formación de las membranas celulares de nuestro cuerpo, pudiendo influir en su estructura y función. Son capaces de ejercer modificaciones del metabolismo y de los genes mediante la inducción sobre proteínas y hormonas. Incluso intervienen en la respuesta inflamatoria y en el sistema inmunológico.

Tanto durante la gestación como tras el nacimiento nos son imprescindibles para el correcto desarrollo del cerebro y de la retina. Para ese fin nos son aportados en el útero mediante la placenta o tras el parto en la leche materna. Se han descrito casos de niños con trastornos de conducta, hiperactividad, y déficit de atención porque no recibieron suficiente cantidad de omega-3 en los primeros dieciocho meses de vida. También los ancianos son una población con mayores requerimientos de DHA pues disminuye el deterioro neuronal, las pérdidas de memoria y los daños que se observan en enfermedad de Alzheimer.

Por lo tanto, todo el mundo necesita aportar a su organismo ácidos grasos omega-3. Para personas sanas, bastará con el consumo adecuado de pescado y aceites vegetales. Más adelante veremos su empleo como fármacos.

EFECTOS BENEFICIOSOS DE LOS OMEGA-3.

Cardiovasculares.

En el corazón, los omega-3 previenen las arritmias ya que estabilizan las membranas de las células cardíacas. Incluso en pacientes sometidos tras un infarto a técnicas de by-pass o angioplastia coronarios, reducen la muerte súbita y la mortalidad precoz que lleva aparejada esta entidad. Los primeros datos sobre sus bondades a nivel cardiovascular cuentan ya con más de medio siglo. En 1944, el científico británico Hugh Sinclair descubrió que poblaciones como los nativos esquimales Inuit tenían una baja incidencia de angina de pecho y de infarto de miocardio, pese a tener niveles de colesterol tan altos como los ingleses, si bien presentaban concentraciones de triglicéridos mucho menores. El motivo de la baja frecuencia de cardiopatía es que consumían diariamente importantes cantidades de EPA y DHA, ya que su alimentación estaba basada en el pescado y en la carne de foca, mamífero que acumula en su grasa los omega-3 procedentes de los peces y crustáceos que captura.

Y es que los omega-3, además de reducir los niveles de triglicéridos, disminuyen la presión arterial, producen vasodilatación de las arterias, dificultan la agregación de las plaquetas, previenen la formación de trombos y estabilizan las placas de arteriosclerosis, impidiendo su ruptura. Desde entonces, cientos de ensayos clínicos han confirmado una relación inversa entre consumo de omega-3 e infartos a nivel cardíaco o cerebral. El más importante de estos estudios -publicado en la prestigiosa revista médica 'The Lancet'- fue efectuado con un fármaco denominado Omacor® que contiene DHA y EPA concentrados. Se llevó a cabo en más de 11.000 pacientes que habían sobrevivido a un infarto de miocardio, demostrando que en los que tomaron el suplemento de aceite de pescado se redujeron un 20% la mortalidad total, un 35% las muertes debidas a causas coronarias y un 45% las debidas a la muerte súbita, probablemente por arritmias. Por este motivo la Sociedad Europea de Cardiología y la Asociación Americana del Corazón recomiendan que todos los pacientes que hayan sufrido un infarto del corazón consuman un gramo al día de EPA+DHA, bien a través de la ingesta de pescado, o como suplemento en cápsulas bajo prescripción médica.

Metabólicos: diabetes y triglicéridos.

El aumento de la obesidad en nuestras sociedades está conduciendo a un incremento de otras enfermedades relacionadas con ella, como son la diabetes y la elevación de los triglicéridos en sangre, o hipertrigliceridemia. En el caso de la diabetes del adulto, lo que ocurre es que nuestro organismo se va haciendo progresivamente resistente a la acción de la hormona que disminuye los niveles de glucosa en sangre: la insulina. Además los diabéticos son más propensos a las enfermedades cardiovasculares y a tener hipertrigliceridemia. Pues bien, diversos trabajos han demostrado que los ácidos omega-3 previenen y disminuyen la resistencia a la insulina y son capaces de reducir los niveles de triglicéridos, efectos protectores que se añaden a los cardiovasculares.

Cáncer.

Ciertos tipos de cáncer como el de colon o el de mama se han asociado con alto consumo de grasa saturada. Se ha observado una menor incidencia y severidad de estas entidades entre poblaciones que consumen altas cantidades de aceite de pescado. Sin embargo, no está del todo dilucidado el papel que los omega-3 pudieran tener en el desarrollo o prevención de las enfermedades cancerosas. Sí se sabe que, en el laboratorio, los científicos han comprobado que los ácidos omega-3 aceleran la muerte de las células cancerosas, favoreciendo respuestas inmunosupresoras y disminuyen la expresión de genes tumorales o la facilidad para hacer metástasis. Pese a ello, tampoco se ha podido demostrar que su empleo farmacológico contribuya a disminuir o tratar alguna forma de cáncer. La investigación sigue abierta.

Enfermedades inflamatorias e Inmunológicas.

La inflamación juega un papel importante en padecimientos como la artritis reumatoide y la enfermedad de Crohn -trastorno que causa ulceras y fístulas intestinales-. Los ácidos omega-3 son capaces de ejercer un cierto efecto antiinflamatorio y su consumo en abundancia disminuye la severidad e incidencia de ataques en ambas patologías. También hay estudios que demuestran la mejoría de la dermatitis atópica (una afección alérgica de la piel) con suplementos de aceites de pescado.

Corolario.

Todos nos beneficiamos de un aporte alto de ácidos grasos omega-3, especialmente en las edades extremas de la vida: infancia y senectud. Por esta razón, entre otras, el pescado debería estar siempre presente en lo que comemos a diario. En los casos en que los médicos lo consideren adecuado, como suplemento dietético o como fármaco, pueden ayudarnos a prevenir o tratar alguna de las enfermedades comentadas, en especial las cardiovasculares.



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