Desde hace unos días, a María (un nombre ficticio con el que esta mujer logroñesa quiere proteger su identidad y, sobre todo, la de su hija) la palabra 'bulling' le ha empezado a recorrer a toda velocidad el interior de su cabeza hasta el punto de quitarle el sueño. María tiene una niña de tan sólo diez años que estudia en un colegio de la capital riojana. Poco antes de comenzar las vacaciones de Semana Santa fue a buscarla a la puerta de clase, como hace a diario; pero ese día notó algo extraño en la expresión de su hija. «La vi salir... no sé, como apesadumbrada. Le pedí que me dijera si es que le había pasado algo, pero ella no quería. Me preocupó, porque ella es muy habladora y cuenta todo».
La insistencia y tacto de la madre acabó por desarmar a la pequeña. «Es que me han pegado», le confesó con timidez la niña. María cuenta aún con congojo cómo su hija terminó narrando una historia que le dejó paralizada: «Me dijo que un niño mayor, un repetidor, se le había colado por las escaleras en la fila de entrar a clase. Ya ves, una tontería. Pero después le empuja, le coge por el cuello con una mano y le aprieta fuerte mientras le dice que le va a partir la cabeza y que la va a matar». Unos hechos que producen escalofrío cuando se piensa que sus protagonistas son escolares de quinto de Primaria (de 10 y 11 años).
Otro día, asegura María, «yo misma vi al chaval dirigirse a mi hija haciendo gestos con el dedo índice sobre el cuello como diciéndole que la iba a rajar. Es terrible».
«No hay respuesta»
La gran preocupación de María es que estos sucesos no sean hechos aislados sino el comienzo de una situación de acoso escolar en toda regla. Y tiene motivos para temer esto último, pues, según cuenta, «ese niño se ha cebado antes con otros compañeros de mi hija que lo han pasado muy mal. El año pasado los padres de un niño acabaron por cambiarle de colegio. Este año, antes que a mi hija, le dio por meterse con otro pobre niño; así un día y otro día».
María ha hablado del tema con la tutora de su hija y con el director del colegio, y ha mandado un escrito de denuncia a la Consejería. «La respuesta es que no hay respuesta. En el colegio se nos dice que hay que aguantar, que el chaval es una víctima, que sería contraproducente expulsarlo...». María y su marido se han planteado seriamente llevar el caso a la vía judicial ordinaria. «Igual es la única forma de que nos hagan caso», se lamenta. «Mucho programa de diagnóstico, muchas campañas y todo lo que quieras, pero la verdad es que cuando aparece un caso real nadie sabe qué hacer con él».