El atentado perpetrado aparentemente por varios terroristas suicidas en la localidad turística egipcia de Dahab, unos días después de la emisión de un nuevo «mensaje» de Bin Laden, ha vuelto a recordar a la comunidad internacional que la lucha contra esta lacra será todavía larga y compleja. El recurso al odioso expediente del asesinato indiscriminado y de la extensión del terror a todas las naciones que no se plieguen a los esquizofrénicos objetivos de los fundamentalistas islámicos lleva camino -una vez escrito el dramático episodio del 11 de septiembre- de convertirse en una de las penosas señas de identidad de este inicio del siglo XXI.
Hace diez días murieron nueve israelíes en Tel Aviv tras el ataque de un suicida de la 'Yihad Islámica'; y ayer mismo, cuando el humo de los atentados de Egipto aún no se ha disipado, una suicida activista de los 'Tigres tamiles', una guerrilla separatista de Sri Lanka, mataba a seis personas en el cuartel general del ejército, hiriendo a su comandante en jefe. Todo esto sin mencionar la tragedia de Irak, donde el río de sangre, en un contexto ciertamente diferente, no parece conocer límites; sólo el lunes, apenas designado el nuevo primer ministro destinado a formar un Gobierno de unidad nacional que incluya a los suníes, explosionaron siete coches bomba.
El hecho de que en los últimos meses los asesinatos indiscriminados se hayan producidos en países más o menos alejados de Occidente no debe, sin embargo, llevarnos a caer en una trivialización del peligro. El terror nunca está lo suficientemente lejos. Es sólo cuestión de tiempo y oportunidad que, como ya hemos experimentado terriblemente algunos países europeos, los asesinos vuelvan a intentarlo en Europa, Estados Unidos o cualquiera de los países aliados. Los fanáticos tiene su causa como sagrada y en ello ven la justificación a masacrar a seres inocentes, y con el mayor daño posible. Quienes comían en el modesto restaurante de Tel-Aviv, compraban en el mercado tradicional de Dahab o paseaban por una calle de Bagdad pagaron el tributo inocente del fanatismo.
Discutir sobre el origen, causas o detonantes de semejante barbarie siempre será un ejercicio estéril porque son la cooperación y la presión internacional, unidas a la continua mejora de las medidas de seguridad las que, en última instancia, evitan que la muerte nos golpee cuando ellos lo pretenden. En esta ocasión Hamás, probablemente temeroso de perder aún más posibilidades de no recibir ayuda económica en un delicado momento de enfrentamiento con las milicias de Al Fatah, y los Hermanos Musulmanes de Egipto, que ven peligrar unas tímidas reformas que les beneficiaban, han condenado la acción por tratarse de «un acto criminal que golpea ciegamente a civiles y que es contrario a la religión».
Pero -valorando el gesto- conviene no olvidar que sólo cuando la cúpula de este tipo de movimientos ve realmente amenazados sus intereses, no los de su gente, parecen entonces aproximarse a la racionalidad. Ayer mismo se hizo público que las fuerzas jordanas habían desarticulado una célula de terroristas, supuestamente a las órdenes de Hamás, para atentar contra personalidades jordanas. Ese es, por el momento, el marco desde el que interpretar cualquier movimiento de los fundamentalistas.