El bisabuelo es el que se trajo el oficio a La Rioja desde su Burgos natal. El abuelo trabajó en Tudelilla, y su padre tuvo el taller más de 50 años en la calle Sagasta, «cogió el traspaso que le ofreció el dueño de Botas Rioja. La marca tiene más de 200 años». Ahora, Félix se aferra fuertemente a la tradición familiar en su tienda-taller de la Calle Sagasta a la que se trasladó en 1981: «Soy ya el único que queda en La Rioja, y el único que trabaja por el País Vasco y la zona».
Al pasear por la calle Sagasta, en seguida se nota el fuerte olor del cuero. Al levantar la vista, el paseante verá, a través de la enorme cristalera, a Félix cortando cuero o cosiendo la piel de la bota, trabajando siempre más horas que un reloj. «En este negocio no se pueden trabajar cuarenta horas semanales, porque no mantienes una familia. Yo le dedico unas cien horas». Sorprende que no lo diga con pesar, lo cuenta con la resignación y el amor de quien lleva 36 años en el negocio.
El botero tiene la ventaja de que está en el mejor lugar para hacer botas, porque hablar de botas es hablar de vino. «Antes la gente del campo y los obreros de la fábrica usaban la bota a diario, se llevaban el almuerzo y la bota para echar un trago de vino», comenta, sin dejar de coser cuero ni un minuto. Ahora son muy pocos los que la usan con tanta frecuencia, aunque los peregrinos no dudan en hacerse con una en cuanto pasan por el escaparate de 'Botas Rioja'. «Tiene todas las ventajas del mundo: no se rompe si se cae, es cómoda, la puedes llevar colgada al hombro y la puedes rellenar en cualquier pueblo del camino», cuenta Félix con brillo en los ojos. Y es que el botero puede presumir de fama en el mundo entero, porque ya le han hecho reportajes en televisiones del mundo entero, «Alemania, Japón, Bélgica. Vienen a hacer reportajes del camino y la bota forma parte de él y del peregrino».
Con parsimonia y como quien lo ha contado mil veces, explica el proceso de elaboración, que hace entero a mano: cortar el cuero, coserlo, cubrir con la pez, comprobar que no hay escapes... A cada bota le dedica mucho tiempo y mucho mimo. «En un solo día hago unas quince botas, y estoy aquí doce horas, ¿eh?», dice arqueando las cejas en un gesto de orgullo. Y es a Félix su trabajo le gusta, y le gusta mucho. «Mi padre empezó con mi abuelo a los ocho años. Yo recuerdo ayudarle a él desde siempre, aunque en serio empecé a los catorce años, cuando dejé el colegio». Hoy es su hija quien le ayuda de vez en cuando en el taller, pero a Félix la mirada se le torna escéptica cuando le pregunta si cree que ella continuará con la tradición familiar. «¿Quién sabe?». Eso, ¿quién sabe?