Esos fueron los tres pilares del no muy extenso discurso Pitol, más emotivo que académico, al recibir el 'Nobel' de las letras españolas de manos de don Juan Carlos, en presencia de la Reina, del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y de la ministra de Cultura, Carmen Calvo, en el centenario paraninfo de la Universidad de Alcalá.
Este año la ceremonia comenzó con diez minutos de retraso. Pitol, ataviado con el preceptivo chaqué, recibía a los Reyes a los acordes del himno nacional. Con cierta desorientación, cumplimentaba también al presidente Zapatero y a su esposa Sonsoles Espinosa, y la ministra de Cultura, al rector complutense, Virgilio Zapatero, a la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, y al alcalde de la ciudad, Bartolomé González.
Tras recibir de manos del don Juan Carlos el diploma y la medalla que le convierten en miembro del selecto club cervantino -con sólo 30 miembros, 28 varones y 2 mujeres, desde 1976- y sus 90.000 euros de dotación, Pitol se encaramaba al estrado del paraninfo complutense. Era el tercer mexicano en disfrutar de este honor, tras Octavio Paz y Carlos Fuentes.
Con un decir dificultoso, debido quizá a la mezcla de la solemnidad del acto y su patológica timidez, disertó Pitol durante más de 40 minutos en los que realizó un repaso de sus avatares.
El genio de la lengua
Su discurso no encandiló a la audiencia, quizá por las dificultades de dicción, y estuvo trufado de citas a Borges, a otros maestros latinoamericanos como Alfonso Reyes, a franceses como Balzac o Zola, y a españoles como Benito Pérez Galdós, Antonio Machado o Ramón Gómez de la Serna.
Unos maestros de los que extrajo una lección definitiva: «que el objetivo fundamental de la escritura era descubrir o intuir el 'genio de la lengua', la posibilidad de modelarla a discreción, de convertir en nueva una palabra mil veces repetida con sólo acomodarla en la posición adecuada en una frase».
La parte más emotiva la tituló Pitol La libertad del Quijote y partió de un encendido elogió la «tensión entre demencia y cordura» que son para él «uno de los ejes fundamentales de El Quijote». Celebraba también el poderoso humor cervantino, pero advertía cómo «en el subsuelo del lenguaje se esconde el espejo de una época inclemente, un anhelo de libertad, de justicia, de saber y de armonía». «Convierte la locura en una variante de libertad. La libertad que define al El Quijote», dijo.
Cercanía y visionario
El Rey saludaba en «un día alegre de encuentro y celebración» a un Sergio Pitol «que ha construido su principal obra sobre la reflexión en torno al escritura y la literatura». Se felicitaba el soberano de que el día grande de la letras españolas se produjera «un encuentro lleno de magia y significado entre España y México, que se acerca gracias a la genial obra literaria que ha sabido construir Pitol, originalísima cosmopolita y de gran agilidad narrativa».
También estuvo plagada de elogios hacia Pitol y su obra la alocución de Carmen Calvo. «Como Cervantes -dijo la ministra- Pitol ha sido un hombre marcado por los viajes, visionario y rabiosamente independiente. Como don Quijote, ha vivido la literatura, y el arte en general, como una locura, como un estado febril y como la única realidad posible y válida».