Decir que la opresión de género a la que están sometidas las mujeres de nuestra sociedad es una consecuencia directa del sistema económico capitalista, no sería del todo apropiado. Lo que si podemos afirmar con toda legitimidad es que los sistemas de parentesco han estado siempre vinculados a cuestiones económicas, ya sea como organismos de producción, ya sea como instituciones de reproducción de los valores que sostienen al sistema económico imperante.
La depreciación de la mujer, consecuencia en gran parte de la división de tareas organizada en torno a la reproducción humana, tiene una larga historia, que se remonta a tiempos muy anteriores a las revoluciones liberales. No obstante, podemos decir que la opresión de la mujer aparece con los sistemas sociales patriarcales, los cuales han convivido siempre con tipos de relaciones de producción diversas pero con un factor común: la división de la sociedad en clases y la explotación de unas clases sobre otras.
Este patriarcado ha venido fortaleciendo en nuestros tiempos la ideología dominante: el relato del poder: el discurso del Capital. Y es que el capitalismo ha recargado como nadie las potencias de la institución familiar, haciendo de ella no sólo una unidad económica de consumo, sino también un teatro en el que se reproducen, a pequeña escala (y cuanto más pequeña, más intensa), las relaciones sociales y políticas de poder, encerrando a la mujer en el ámbito de lo que se ha venido llamando «lo privado» y negándole así una toma de contacto real con la esfera político-social.
Este teatro constituye el punto de partida, y casi siempre también el punto de llegada, de la formación espiritual de generaciones y generaciones de personas, que pasarán a entender las relaciones de pareja, el amor y la educación de la descendencia, a partir de concepciones que no salen de la estrecha idea de la propiedad privada, con todo lo que ello conlleva de perverso. El sistema capitalista ha sabido canalizar los procesos de cosificación de las personas a través de la familia, mermando así las posibilidades de una conciencia, o de un inconsciente, revolucionarios.
Todo el potencial del Deseo ha sido vehiculizado hacia la constitución de familias. Tanto es así que el capital no ha podido aceptar las relaciones homosexuales hasta que no ha reducido el movimiento gay a sus intereses (de mercado evidentemente) anulando todo lo que este movimiento tenía de revolucionario, a saber: un desafío a la familia tradicional, un desafío a todo aquello que constituía, en gran medida, los pilares ideológicos sobre los que el capitalismo se sostiene.
Proponemos por tanto un modelo social no estructurado en torno a la propiedad privada, y un modelo económico que lo posibilite, un modelo que haya superado la política de mercado y que nos abra a otro tipo de relaciones con la naturaleza, con los productos y con las demás personas: el socialismo.