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Miércoles, 19 de abril de 2006
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Catavinos de plata
LOS catavinos metálicos, fundamentalmente de plata, constituyen una reminiscencia de un sistema comercial pretérito, aunque se reivindique como símbolo o insignia de expertos y sumeliers.
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Son copas bajas sin fuste, abiertas y generalmente alveoladas o estriadas para valorar gustativamente los vinos.

No tienen ningún valor para la apreciación de aromas por su relación de volumen a abertura ni para el gusto, ya que pueden impactar con gusto metálico a los labios.

En cambio, sirven plenamente para la apreciación cromática y de brillo.

Hasta el siglo pasado los catavinos de plata tenían un significado en el mercado del vino. Podríamos decir que en España hasta finales del siglo XVIII el mercado de vinos era de áreas próximas y sistema de carros y arrieros. Cuando el rey Carlos III amplió las posibilidades de exportación a América a través de Barcelona, Alicante, La Coruña, Gijón y Santander, además de la arteria sur, Sevilla, Cádiz, que eran monopolio, entonces el mercado se amplió y las operaciones comerciales desbordaron las áreas concejiles y precisaron sistema bancario complejo, entonces, decimos, el catavinos perdió valor. Se hundió la fuerza controladora municipal y el catavinos de plata era un símbolo de tal control.

A lo largo de la Edad Media moderna y hasta el siglo XVIII los ayuntamientos controlaban el mercado de los vinos del área municipal en volumen y calidad. En un principio como depositarios de unidades de medida de contraste con unidad de cobre o de cerámica, y después también por la calidad a través del catavinos.

Los ayuntamientos regulaban la "cala y cata" de cada cosecha, nombrando personas de prestigio y respeto que cada año a principios de enero evaluaban el volumen de vino nuevo y su calidad por el catavinos.

Fijaban los ayuntamientos la fecha de vendimia y la fecha de venta del vino nuevo.

Nombre y conceptos se acuñaron con esta actividad, como "suertes", "alhóndiga", "mercado del camino" y "pitanza".

Cuando una cosecha era exigua obligaban los ayuntamientos a una venta por sorteo de las cubas (las suertes) para no ahuyentar a los arrieros.

Cuando la cosecha era larga se tendía en un mercado libre a bajar el precio. El ayuntamiento fijaba un precio mínimo y para bajarlos los cosecheros regalaban por compra una porción de vino "la pitanza", que con mayor vigilancia el concejo prohibió y el cosechero lo transformó en obsequio en embutido.

Igualmente, para eludir la fiscalidad concejil los cosecheros salían del ámbito municipal a comercial en los caminos: era el "mercado del camino", pero el Ayuntamiento inventó el hábitat mercantil de la alhóndiga como centro obligatorio de transación.

Precisamente el control de la calidad de estos vinos se hacían con el catavinos de plata del ayuntamiento como elementos de valoración organoléptica.

El catavinos de plata ha sido ampliamente superado por la copa de vidrio como instrumento de valoración global, sin negar las ventajas que en el ámbito visual presentan tales instrumentos metálicos.

Mientras la apreciación de brillo es buena, en color, depende en gran medida del metal y de su limpieza, pudiendo dar o plata o "alpaca" tono diferente en función del sistema de limpieza.

Si el metal del catavinos contactara con la saliva al cabo de unos segundos podría aparecer un leve amargor en la zona lateral posterior de la lengua. Ocurre con plata y, más acusadamente, con "alpaca", pero no con oro. Por lo tanto, el catavinos de plata hoy no sirve para el requerimiento organoléptico complejo de aroma, gusto y color, si bien excita el brillo y podría por tal motivo haber sido útil en los antiguos catadores.

Mientras la plata deja una sensación limpia levemente áspera en el ápice lingual, la alpaca intensifica esta actuación con un amargor precursor de ello.

Para proseguir con estas ventajas nosotros vemos interés a poner como fondo papel de aluminio y, de este modo, con la copa normalizada (catavinos 2772), podemos hacer una apreciación total del vino.

El papel de aluminio debe colocarse, después de levemente arrugado, a unos 10-20 cm. de la copa.



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