La situación remite al arte de represaliar, que requiere matices y atiende a consideraciones diversas como, en este caso, la opinión que Washington pueda tener.
Hamas es un partido y sus militantes forman el gobierno, pero la policía y, en cabeza, los poderosos servicios de Seguridad Preventiva, no están bajo su control, sino bajo el del presidente Abbas (Al Fatah), que condenó el atentado, descrito en cambio por un portavoz de Hamas como «acto de autodefensa frente a la la agresión israelí» (21 muertos, incluyendo varios adolescentes y una niña en lo que va de abril).
El jefe de la Autoridad Palestina es un interlocutor de Israel, pero preside lo que Israel tiene ahora por una 'entidad terrorista', cuya policía no impide los atentados de la Yihad Islámica, un grupo islamista pequeño y muy radical que rehusó entrar en el Gobierno y hace la guerra por su cuenta.
Su jefe, Ramadan Salah, vive en el exilio y se habrá puesto a buen recaudo.
Con todo, es seguro que el formato israelí de respuesta sangrienta funcionará y que volverán los 'asesinatos selectivos' y el desarrollo de la nueva versión de los 'ejes del mal' sobre la base del argumento del embajador israelí en la ONU, Dan Gillerman, para quien ha aparecido un 'eje del terror Irán-Siria-Hamas', cuya conducta «siembra las simientes de la primera guerra mundial del siglo XXI».
La situación se ha complicado para todos los actores del drama político más antiguo del mundo y remite un poco más cada día a una solución mundial formalmente arbitral e impuesta en la práctica. Y que solo puede «basarse en el respeto a las fronteras de 1967' (...) de modo que solo serán aceptables los cambios territoriales acordados por las partes».
Así lo dijo en el Parlamento europeo el cinco del corriente mes de abril un tal Javier Solana en nombre de la UE.