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Lunes, 17 de abril de 2006
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EDITORIAL
Chernóbil, veinte años después
Este mes se cumplen veinte años de la catástrofe de la central nuclear ucraniana de Chernóbil, el más grave accidente nuclear civil jamás registrado desde la utilización pacífica de la energía de fisión del átomo. Y, pese al tiempo transcurrido, el secretismo con que las autoridades de la URSS gestionaron entonces el desastre ha mantenido relativamente opaca la trascendencia de aquel suceso, aunque está fuera de duda la secuela de contaminación y muerte que dejó tras de si.

En los distintos informes elaborados sobre el accidente las conclusiones, sin embargo, han sido contradictorias. El pasado septiembre, dos agencias de la ONU publicaron un primer balance de Chernóbil, considerado muy a la baja, en el que se registraban 59 muertes confirmadas por radiación, 4.000 muertes previstas, elevadas después a 9.000, y en el que se limitaban prácticamente los efectos de la catástrofe prácticamente a las tres repúblicas ex soviéticas más directamente afectadas: Bielorrusia, Rusia y Ucrania. En el otro extremo, un informe confeccionado por los Verdes del Parlamento Europeo que será presentado esta semana en la eurocámara, respaldado por sectores muy significativos de la comunidad científica, cifra los muertos entre 30.000 y 60.000 y extiende los efectos de la contaminación al 40% del suelo de la Unión Europea.

La realidad está en un punto intermedio. Y la razón de que, al hilo del aniversario, se reavive la cuestión con tanto encendimiento ha de buscarse en que renace precipitadamente el debate sobre la energía nuclear. El precio del crudo petrolífero acaba de sobrepasar la barrera de los 70 dólares por barril, y nada indica que haya tocado techo, pese a que este umbral era considerado por relevantes analistas económicos el límite a partir del cual el sistema económico global se resentiría irremisiblemente en su capacidad de crecimiento. No es, pues, extraño que una decena de países europeos estén revisando sus políticas energéticas para reemprender la construcción de centrales nucleares, en tanto en EEUU están en vías de autorización once nuevas instalaciones de esta clase.

La catástrofe de Chernóbil, que supuso la demonización definitiva de la energía nuclear de uso civil, sirvió para calibrar los riesgos y disponer nuevas políticas de seguridad en las centrales existentes y futuras. Con este bagaje de conocimientos y experiencia, la energía nuclear se ha vuelto mucho más segura, por más que aún se mantenga irresuelto un problema grave que deriva de ella: qué hacer con los residuos generados, parte de los cuales mantendrá su peligrosa radioactividad durante milenios. El debate sobre la conveniencia de reemprender la senda del abastecimiento energético nuclear parece inevitable. Los ciudadanos deberán ponderar, de un lado, las garantías de seguridad y, de otro lado, la conveniencia de resignarnarse a aceptar como mal menor nuevas centrales que permitan afrontar con posibilidades de éxito la crisis energética que va cobrando cuerpo y que no parece que pueda mitigarse en el futuro forma de precios baratos para la energía fósil.



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