Los comicios regionales y locales probaron ya que la 'Casa de las Libertades', nombre oficial de la coalición de centro-derecha, perdió gas y Berlusconi ha debido enfrentarse a los malos resultados de su gestión económica y sus vicisitudes personales en los juzgados. De hecho, todavía en julio próximo al Cavaliere le esperan los jueces de Milán que le han imputado de nuevo por el presunto y grave delito de soborno de un testigo. El líder de la derecha italiana, que aglutina hasta dieciséis formaciones de muy distintas extracciones -desde los neofascistas hasta los centristas, sin olvidar a formaciones de claro matiz nacionalista y separatista en el norte de Italia-, ha canibalizado sus propias filas y la campaña ha sido diseñada a su servicio exclusivo por los planificadores de 'Forza Italia', confiados en el carisma de Berlusconi, supuestamente capaz de obrar siempre el prodigio de convencer al elector con su reconocida capacidad para la comunicación y su olfato para halagar al ciudadano medio sin renunciar incluso a ciertas dosis de populismo arcaico.
El resultado de esta estrategia es que las legislativas que hoy finalizan en las urnas se han convertido en una suerte de referéndum: o Berlusconi o Prodi, como si los programas electorales no representaran nada y todo se centrara en la personalidad arrolladora del actual jefe de Gobierno frente a la muy distinta -más discreta, moderada y un punto sosa- de su rival, el ex primer ministro y antiguo presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, quien ha preferido un tono sereno y ha basado su campaña en la crítica a la mala situación económica.
Al final de la campaña las encuestas habían recogido una ligera, pero sostenida, ventaja para Prodi, el Professore aunque hay muchos indecisos confesos y la ley electoral podría hacer aún probable una victoria conservadora en el Senado que se prevé más difícil en la cámara de diputados. Si tal cosa ocurriera, la ingobernabilidad estaría servida y las nuevas elecciones serían inevitables a muy corto plazo.