Claro que una cosa es arreglar casas y otra distinta es darle vida a un pueblo. Para eso hace falta más que viviendas: se necesita un corazón, un lugar donde reunirse. Una especie de piedra fundacional alrededor de la que se asiente el «nuevo» San Vicente.
Ésa es la función que debía cumplir la Casa de Cultura que el Ayuntamiento de Robres construyó en la pedanía. Un proyecto con sus dificultades, obligadamente sencillo por presupuesto, solar y necesidades. Hacer arquitectura en la sencillez no es lo mismo que hacer arquitectura simple. A veces es incluso más difícil que nunca.
El encargado de enfrentarse con ese proyecto fue el arquitecto José María Peláez. No le fue mal: el Colegio de Arquitectos seleccionó este sencillo proyecto entre lo mejor de lo construido por aquí en el último bienio.
Dos alturas
El programa de necesidades era sencillo: se quería una zona de reuniones y bar, una biblioteca, algún pequeño despacho, un espacio multiusos. Todo, en un solar entre medianeras de alrededor de cien metros cuadrados, en el que además había que tener en cuenta una apreciable diferencia de altura ente la calle posterior, más elevada, y la principal.
El arquitecto aprovechó esa diferencia de cota para crear una entrada trasera a piso llano, solucionando así el asunto de la accesibilidad, no siempre demasiado sencillo en proyectos de pequeña escala.
Para liberar un solar tan pequeño de la servidumbre de pilares intermedios, el arquitecto optó por una estructura basada en dos grandes muros de carga, situados a los lados del solar.
Para construirlo eligió fábrica de termoarcilla, y esa elección requiere su explicación. Desde el principio se intentó minimizar el uso del hormigón lo más posible. Por una razón de lo más prosaica: como San Vicente no tiene carretera asfaltada, sino un camino entre montañas, no era aconsejable tirar demasiado de camión hormigonera. Lo justo y necesario, y nada más.
Piedra, acero....
Con todo, la elección más comprometida era la composición de la fachada. El respeto al entorno -aquí muy poderoso visualmente- no significa mimetismo. No se trata de imitar, sino de «acompañar» al entorno, marcando a la vez que uno es de una época distinta.
La elección de la piedra del lugar como material predominante parecía obvia. A partir de ahí, Peláez la combinó con madera, acero oxidado y vidrio.
La entrada se retranquea ligeramente para dar lugar a un pequeño porche al sur. Un lugar donde estar, subrayado por la colocación de un banco de madera adosado a la fachada. No hay muchas más complicaciones. «Con cuatro cosas, creo que los resultados son satisfactorios», afirmaba el arquitecto. Y lo dicho: eso no es nada fácil.