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Miércoles, 5 de abril de 2006
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Garrote vil y hoguera
Merino fue ejecutado en Madrid, quemado su cadáver para evitar que fuera robado, y esparcidas las cenizas
Cinco días después del atentado contra la joven monarca Isabel II, Martín Merino sufrió la pena capital: murió ajusticiado a garrote vil, su cadáver fue quemado y aventadas las cenizas. En realidad, y aunque para su incineración se esgrimieron razones más cercanas a la superchería que a la jurisprudencia, la verdad -como casi siempre- era más simple. «Para evitar que nadie sustrajera ninguna parte del cadáver con el pretexto de estudio y para que no quedase recuerdo alguno del regicida se dispuso en Consejo de Ministros que Martín Merino fuese quemado en una pira funeraria en el mismo cementerio junto a la fosa común y sus cenizas fueran dispersadas en ésta», explica el profesor Reverte Coma.
Garrote vil y hoguera
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Los avances científicos registrados en Europa y, sobre todo en la vecina Francia, donde habían sido analizados por equipos científicos multidisciplinares los cráneos de famosos asesinos y malhechores, abrieron el debate médico en España sobre la necesidad de inspeccionar los restos del regicida.

Martín Merino y Gómez había nació en Arnedo en el año 1789. De niño ingresó en la orden franciscana, hábitos que abandonó en 1808 para participar en la Guerra de la Independencia contra la invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte. Tras la contienda, retomó los hábitos y llegó a ser ordenado sacerdote. A causa de sus ideas liberales en contra del Rey Fernando VII, se ve obligado a escapar a Francia en 1819 aunque regresó un año después cuando triunfó la revuelta de Riego.

Tras la caída del Trienio Liberal y la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, Merino fue encarcelado, hasta que logró huir y exiliarse de nuevo en Francia. Allí permaneció durante once años como párroco de una localidad próxima a Burdeos. De regresó a España, instaló su residencia en Madrid, siendo designado capellán de la iglesia de San Sebastián. En el año 1843 ganó una importante suma de dinero en la Lotería, lo que le llevó a practicar la usura. Pero el negocio no fue bien y perdió toda su fortuna, amancebado con más de una criada vivió sus últimos años preparando la conspiración contra Narváez y que culminó con el ataque a Isabel II.



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