No es un hecho nuevo, cuando Cataluña ha reivindicado algo incluso antes de las manifestaciones del nacionalismo catalán, ha generado suspicacias; por ejemplo, en 1885 se exponía ante Alfonso XII la queja de que «el excesivo centralismo ahogaba a las regiones»; han habido expresiones de «catalanofobia» en políticos como Antonio Royo Villanova a principios del S. XX o conductas similares al boicot del cava catalán de estas Navidades, en los letreros de diversos comercios madrileños que, en 1882, rezaban no vender «géneros catalanes» en respuesta a la solicitud de mayor proteccionismo a su industria frente el librecambismo de intereses entre los grandes terratenientes castellanos.
El panorama ante el proyecto de reforma del Estatut ha estado, y está, cargado de prejuicios y alarmismos que no son sino armas políticas. Los catalanes son, básicamente, moderados y defienden con seny el respeto integrador hacia sus costumbres, lengua y economía, sin pretender (salvo los más recalcitrantes, pocos) escindirse de España. No es posible que una región ancestralmente abierta a Europa, zona de intenso y continuo trasiego e intercambio político, económico y cultural pueda ser esa tierra «cerrada y egoísta» según algunos. Dice Serrat cantautor al que nadie niega su catalanismo y españolismo: « si los vientos que atizan el fuego no fueran tan persistentes, la situación política sería ahora mucho más tranquila. ( ), no porque crean estar defendiendo una opción ideológica, sino porque saben que están luchando por una opción electoral futura».
Seamos realistas, no nos dejemos llevar por fobias y prejuicios. España es un país en el que todos debemos y queremos estar, respetando y enriqueciéndonos con nuestras particularidades, como en cualquier familia.