Su habitación es su mundo. Tiene la ropa ordenada por colores y los libros, por autores; odia que las puertas de los armarios estén abiertas o que la plancha no deje impecable la raya de su pantalón. Un 2 de septiembre del 2004 quiso que su cuerpo también fuera perfecto, pero sólo logró que se deformara.
Se propuso adelgazar un poco, lo justo para lucir tipo en su primer año de universitaria. Pero se le escapó de las manos y perdió 12 kilos en apenas dos meses. Dietas, laxantes y una elevada dosis de ejercicio se convirtieron en sus compañeros en ese peligroso viaje ya que a nosotras, sus amigas, nos dejó de lado. Cada día estaba más delgada, aunque ella lo negaba y se ponía ropa ancha para disimularlo. Lo que más nos llamó la atención fue el cambio en su carácter: cualquier cosa le enfadaba y estaba a la defensiva. Un día, se acercó a mí llorando y me confesó que se le había retirado el período.
Fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia. Como pude, le convencí para acudir al médico: el peor trago de mi vida. Aún puedo escuchar sus gritos cuando la ingresaron en Psiquiatría: «Yo no estoy loca». Estuvo 15 días aislada, y cuando dijo: «Estoy enferma», supimos que se quería recuperar. Mientras lo hacía, dejó la carrera y se dedicó a los idiomas. Ahora, aunque le quedan manías, ha vuelto a estudiar. Ayer mismo, Andrea sonreía al agradecer esta segunda oportunidad que la vida le ha brindado.